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Lecciones de vida: Crema de sardina

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Hay quien puede incluso renegar del disfrute de la sardina por complejos inexplicables pero es difìcil negar lo sabroso y accesible que es por lo que su capacidad para provocar memorias sensibles es potente como lo muestra el nuevo texto de nuestra consultora creativa Eloina Conde

Durante la primera parte de mi infancia y antes de que mis padres se divorciaran había una lección práctica una vez al mes que suelo recordar mucho en éstos tiempos de desorden nacional y calamidades por doquier.
Aprender a apreciar los recursos de los que se disponían en esos años de bonanzas, nunca darlos por sentado y utilizarlos de la forma más eficiente posible ha sido una clase en casa que se transformó en un tatuaje y no uno mal hecho o feo, que queremos cubrir sino más bien uno lleno de colores y significado.

Una vez al mes, durante algún fin de semana e invariablemente, el almuerzo era una crema de sardinas que preparaban mis padres. Consistía únicamente de sardinas frescas compradas bien tempranito en un mercado local, limpiadas cuidadosamente y cocidas a fuego bajo por largo tiempo junto con cebolla, ajo, cilantro, ají dulce y pimentón, algunas veces acelga o espinacas, pero nada más, una vez cocidos todos los ingredientes y la temperatura había disminuido se licuaba y tamizaba hasta que la textura fuese uniforme. No había crema o lácteo alguno para mejorar la textura, el color o el aroma. Ese era el almuerzo, no la entrada, el almuerzo. Sólo acompañado de jugo de naranja o algunas veces gaseosa.

Por supuesto que para dos pequeños niños – mi hermano y yo- aquello representaba un castigo que no comprendíamos, tomando en cuenta que la disponibilidad en la nevera siempre era variada y abundante. Vernos sentados en torno a la mesa redonda de vidrio del comedor, con un plato de crema de sardina, un sábado y sin mayor opción que comerlo todo. Ahora que lo recuerdo tan vívidamente es casi seguro que no sería una calamidad y posiblemente la disfrutaría, hasta repetiría. Insisto casi seguro.

La austeridad como lección práctica en tiempos de abundancia. Ejercitar la empatía desde el estómago para saber cuán afortunados somos y nunca darlo por sentado y no esperar a que las verdaderas calamidades nos alcancen, esa era la lección aunque la explicación en ese momento no fuera tan clara y el agradecimiento tomara unos cuantos años en hacerse presente.

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