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Un recuerdo personal de Amadeo Mazzucato. In memoriam


La desaparición del creador de restaurantes célebres como Marco Polo invita a nuestro editor a pensar en ese vínculo sensible que nos une con la comida

Esta nota empieza seguramente cuando Formación CC se convirtió en Instituto Internet y tuvo su sede en la torre La Primera en la avenida Francisco de Miranda.

Todas las tardes cuando llegaba a dar clases pasaba al lado de aquella puerta que nos recibió en tantas ocasiones felices a los cuatro: mis padres, mi hermana Maybell y yo.

Solo estaba el silencio y los intentos: de ser restaurante, de ser discoteca, cualquier cosa que intentara sustituir a Marco Polo pero que por alguna razón nunca cuajaron.

Marco Polo fue a mediados y finales de los 90 nuestro restaurante de celebración. Graduaciones, cumpleaños, algunos días del padre o la madre.

Lo recuerdo como sobrio y elegante sin ser solemne, puedo ver los postres colocados en una mesa en medio de la sala.

Recuerdo los ñoquis de yuca con esa textura tan diferente de la de la papa y la sopa de mariscos que era lo que casi siempre pedía aunque mirara a los platos que salían para las mesas alrededor de la nuestra, me prometiera que la próxima vez los iba a probar pero nunca cumplía.

Recuerdo que éramos felices y lo sabíamos en esa Caracas que jugaba a retomar su camino de gran capital latinoamericana y apenas un par de años después comenzaría un descenso brusco como quien sale del camino hacia un barranco.

En esa Venezuela, Mazzucato, años después, quiso volver en un negocio en el Centro Plaza que.no duró mucho, en diciembre siempre era referencia por sus hallacas negras con guiso de pescado y tinta de calamar pero después de Marco Polo nunca fue lo mismo tal vez porque nada, ni nosotros, hemos sido lo mismo.

Anoche al enterarme de su partida simplemente me pareció más definitiva la despedida que con su retiro se había consumado hace unos años.

Venezuela necesita más dueños de restaurantes que sientan su negocio y que quieran crear espacios para que los comensales creen recuerdos porque, al final, siempre, los conservamos aunque de camino a dar una clase pasemos al lado de una puerta abandonada y solo haya silencio y oscuridad dónde tantas veces celebramos. (imagen vía Ideas Babel)

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