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Notas para el día después: El guayabo del aguacate

esnobgourmet guayabo aguacate eloinaNuestra consultora creativa Eloina Conde explica, a partir de su experiencia, cómo se puede experimentar el desamor gastronómico

Quien nunca haya sufrido un guayabo, déjeme decirle que va tarde, se requieren algunos para crear anticuerpos tal y como si de una gripe viral se tratara, porque una cosa es no entender el término y otra es nunca haberlo padecido, nosotros los venezolanos hablamos de guayabo para referirnos al tan conocido mal de amores, ese que carcome por dentro y que toma según el caso tiempos tan variados en curarse que hacen comprender a cualquiera la teoría de la relatividad de Einstein en carne propia, pero hoy estoy recordando no un guayabo cualquiera sino un guayabo gastronómico, uno del que me ha costado bastante sobreponerme.

La casa de mis abuelos maternos, tiene un patio grande – típico de las casas viejas, donde se criaron familias numerosas, especialmente en los estados más alejados de Caracas– y su suelo siempre ha sido fértil, desde siempre lo recuerdo con animales de crianza que iban desde chivos, gallinas, cerdos hasta pavos reales y ovejas pero más importante aún recuerdo con gran detalle un árbol que era sinónimo de felicidad absoluta para mí, un aguacate frondoso, hermoso, majestuoso, espectacular y claro, bondadoso.

Producto de las maravillas del trópico, tenía casi todo el año sus bondades para compartirlas, aguacates perfectos. Cierro los ojos y los recuerdo con exactitud: grandes, de piel con brillo y gruesa que podía quitarse sin la ayuda de ningún instrumento, untuosos, con mucha pulpa, con verdes y amarillos que te hacían salivar de sólo verlos, ricos con o sin sal, solitos o como acompañantes, en ensaladas y guasacaca, perfectos para una arepa o un trozo de casabe, sencillamente divinos.

Pero la maldad, a veces gana, o eso nos hace creer, la gente malintencionada está en todos lados y sin importar que disfrutaran de sus bondades sin ningún esfuerzo comenzó un asedio para que cortaran el árbol, tal aberración no podía ser sino deseo de gente con el corazón negro y lleno de sentimientos malsanos. Llegó el día, yo estaba fuera y cuando llegué el mandado estaba hecho, no lo habían podado como con tanta vehemencia había pedido, no, lo habían cortado por completo.

Y una parte de mí se fue con él, no eran sólo sus aguacates, sino su sombra, la frescura del patio, los cientos de recuerdos en torno a él, las conversaciones con mis viejos que ya habían partido, las risas, y la certeza de saberlo allí, todo. Un guayabo que ha costado y del que se arrepienten ahora más que nunca en estos tiempos quienes sin pensar lo mutilaron.

Sembramos otro, está creciendo, se ve fuerte, está mejor ubicado en el patio y ojalá sea no como aquél sino más fuerte, más bondadoso, más fresco y que su sombra nos cobije, pero lo más importante es que la gente a su alrededor, que disfruta de él, que vive momentos felices gracias a él aprenda a valorarlo, a respetarlo, a quererlo y protegerlo con todas sus fuerzas.

Puede ser un aguacate, puede ser el país entero.

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