
El mundo del vino está de luto. Benjamín Romeo, influyente viticultor y enólogo de San Vicente de la Sonsierra, falleció este lunes, dejando un vacío enorme en La Rioja y en todos los que alguna vez brindamos con uno de sus vinos. Aquí recordamos las razones por las que su legado seguirá vivo en cada copa de Contador
Obsesión artesanal por el detalle. Romeo no dejaba nada al azar. Su celo llegaba hasta escoger personalmente los alcornoques de los que saldría el corcho de sus botellas, entendiendo que la calidad de un vino empieza mucho antes de la fermentación y se cuida hasta en el detalle más pequeño.
Bodega como una extensión del viñedo. Después de ganar fama con producciones muy pequeñas, en 2008 estrenó una bodega de gravedad, diseñada para que el vino fluyera por su propio peso en lugar de ser bombeado, minimizando la intervención mecánica. Pero lo más admirable fue su construcción estratégica en medio de sus propios viñedos: la bodega no llegó después, se pensó como parte del paisaje que la rodeaba.
Origen mágico de sus vinos: una cueva bajo el castillo. Todo comenzó en una cueva centenaria excavada bajo el castillo de San Vicente de la Sonsierra, donde desde el siglo XIII se guardaba y contaba el vino (de ahí el nombre «Contador»). Ahí nació, en 1996, la cosecha inaugural de La Cueva del Contador. Esa cueva no era solo un espacio de crianza: era el terreno donde Romeo se dejó guiar por su intuición y terminó de forjar su estilo.
Hito español en el mapa del vino mundial. Contador logró el hito histórico de recibir 100 puntos Parker en dos añadas consecutivas, 2004 y 2005, algo inédito en España hasta ese momento. Fue la confirmación de que un proyecto nacido de la intuición y el trabajo manual podía competir de tú a tú con los grandes nombres del vino a nivel global.
Cercanía con Venezuela. De la mano de C. Matheus, su importadora en Venezuela, tuvimos la fortuna de presentar sus vinos en el país en degustaciones dirigidas tanto a personal de sala como de piso de ventas de restaurantes y enotecas. Siempre fue un placer compartir lo que significan etiquetas como Predicador blanco y tinto, y La Cueva del Contador: vinos que hablaban de su tierra, de su paciencia y de su manera tan personal de entender el oficio.
Por eso hoy, más que despedirlo, queremos agradecerle. Cada copa de Contador que se sirva de ahora en adelante será un pequeño homenaje a un hombre que le enseñó al mundo que el vino, cuando se hace con verdad y con tiempo, termina siendo mucho más que una bebida: es memoria, es tierra, es legado. Gracias, Benjamín, por dejarnos tanto para seguir contando.