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Conectar más con el alma de lo que bebo: calidad, precio, placer en el vino


Aquí compartimos una forma adicional de entender lo que significa cada descorche de vino que incluye el placer que recibimos y que es una forma más de conectar con el alma de lo que bebemos

La relación calidad/precio. Simplemente es el primer umbral. Describir un vino apenas si dice algo sobre él, la valoración cobra sentido cuando se compara aquello que nos ofrece y percibimos contra el precio que debemos pagar.

Wilde, el precio y el valor. Pero como decía Wilde: hay gente que sabe el precio de todo y el valor de nada. Queremos evitar ser de esas personas y diríamos que incluso podríamos evitar ser de quienes se obsesionan sólo por el valor relativo dada algunas condiciones de mercado en lugar de explorar el valor que tiene para nosotros.

La dimensión del placer. Por eso de un tiempo a esta parte hemos comenzado a leer de esa relación calidad/precio y placer porque, al final, aquello que nos es placentero es difícil de catalogar como costoso sobre todo si se toma en cuenta lo breve y relativamente frágil de la vida y que estrictamente hablando experiencias únicas como puede ofrecer un vino no abundan.

El placer y la expectativa. A veces el placer está ligado inevitablemente a la expectativa: aquello que nos sorprende por encima de cualquier previsión que podríamos tener o aquello que nos gratifica cuando esperábamos una experiencia prosaica puede hacer sentir un placer muy intenso. Y mientras más experiencias se acumulan con el vino, lo que hace pensar que esas sorpresas pueden minimizarse, más placer se siente.

Además está el gusto. He estado pensando sobre esto. Por ejemplo, desde hace algunos años, no encuentro placer en los cabernet demasiado potentes, cargados de fruta madura y alcohol: al revés, me gustan estilizados e introvertidos. Mientras que aunque pasen los años, sigo buscando en los syrah y malbec explosiones de fruta y especia, un carácter goloso, casi electricidad. Sigo tratando de definir algo similar con los blancos y con los espumosos.

El alma y el placer. Siento que tiene poco sentido beber para “ver a qué sabe el vino” incluso en los varietales más sencillos. Por eso, en este propósito de conectar con el alma de lo que bebo, está incluido ese esfuerzo de ver hacia el placer, aunque no lo encuentre (que muchas veces pasará) porque sin duda el hecho mismo de no encontrarlo en muchos descorches dará valor por contraste a las botellas que sí lo ofrecen.

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