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¿Por qué necesitamos la ética en el vino?


Nuestro editor Jesús Nieves Montero presenta esta versión traducida y adaptada de la nota de Jane Anson, una de las más respetadas escritoras sobre el vino de Burdeos en la actualidad, originalmente publicada por Decanter

¿No va siendo hora de que definamos “vino de calidad” según la seriedad con la que el productor se ocupa de la tierra y la gente que la trabaja? Y esto implicaría no sólo aplaudir a quienes lo hacen sino cuestionar seriamente a aquellos que no lo hacen. En un panel de discusión reciente llegué a la conclusión de que si queremos que las cosas cambien realmente a largo plazo es si redefiniéramos lo que la expresión “vino de lujo” debe abarcar.

Ya sabemos que hoy por hoy los consumidores exigen más responsabilidad social de las marcas. Ya no basta con el eslogan eventual sobre temas como sostenibilidad, diversidad o ser un buen “ciudadano global”, sobre todo en las marcas de lujo que tiene como objetivo un público perspicaz.

Hay que ver fuera del mundo del vino para encontrar los mejores ejemplos. En el Reino Unido, toda empresa con un ingreso de más de 36 millones de libras debe publicar un informe anual acerca de prácticas como esclavismo y tráfico humano dentro de su cadena de suministros para hacerlas responsables de prácticas laborales que afectan su producto.

Reducir el impacto

Hay una revolución silenciosa que se está desarrollando, basta ver la nueva ola de start ups de diseño de modas con prendas que producen menos daño al planeta. Esto incluye los zapatos de lana sostenible de Allbirds y marcas como Unbound Merino que utiliza telas que requieren menos lavadas. Aparte está Patagonia, la compañía que pagó un anuncio de página completa en The New York Times para explicar el impacto de la fabricación de sus chaquetas e invitaba a los lectores a que pensaran dos veces antes de adquirir uno de sus productos.

Se ha repetido muchas veces que la industria del vino debería liderar las discusiones sobre el medio ambiente dado el impacto inmediato del cambio climático en el sector, impacto que comienza a verse en decisiones como la de la AOC Bodeaux de incluir nuevas variedades de uva como respuesta al incremento de la temperatura.

Antoine Gerbelle, periodista de Tellement Soif, increpó recientemente a Saskia de Rothschild en Twitter por decir en una entrevista que su propiedad, Lafite, no es orgánica ni biodinámica porque no todas las cosechas son favorables. “¿Un vino de 500 euros la botella?”, señaló Gerbelle, “no hay que buscar demasiado para saber quiénes están destruyendo Burdeos, son los mismos propietarios”.

Pero la conversación necesita ir más allá de lo orgánico y lo biodinámico, sino que necesita reconocer una creciente necesidad de transparencia en relación con la sostenibilidad social en el caso de los productores de vinos de lujo. Nunca he sabido de una chateau de Burdeos que al incrementar su precio en un 50% como ocurrió en cosechas como la de 2010, use parte de ese excedente para dar un bono a los encargados de la vendimia que llevaron las uvas. Puede que algún productor lo haga, pero si es así, necesita trabajar en la comunicación porque no nos enteramos. En cambio, expertos como Ixchel Delaporte ha publicado informes sobre la vasta desigualdad en la región y la forma cómo son tratados los trabajadores temporales. Esto nos hace pensar que no puede pensarse que un vino de lujo sólo sea uno que tenga un magnífico sabor y pueda presumir de una larga historia.

Ofrecer oportunidades

Desde Argentina llega el ejemplo de Laura Catena, que ha demostrado que dentro de Bodega Catena Zapata proveer verdaderas oportunidades a los trabajadores es parte del ADN de la compañía. Un perfecto ejemplo es Roy Urvieta, uno de los académicos más exitosos del Instituto Catena del Vino, la unidad de investigación fundada en 1995.

Urvieta nació en un pequeño pueblo del Valle de Uco y obtuvo su primer trabajo en el área de recepción de uvas de una bodega local. Trabajaba durante todo el día y en las noches cursó estudios de enología hasta que comenzó a trabajar para la familia Catena que le costeó su formación. En la actualidad, Urvieta culmina un PhD en Ciencia Agrícola en la Universidad de Buenos Aires.

La familia Catena apoya a la secundaria rural de Tupungato para que enseñe ofición de vitivinicultura a los estudiantes con el objetivo de que entiendan que trabajar en la zona puede ser una alternativa en lugar de mudarse a los centros urbanos más cercanos.

Es algo que, en parte, también ocurre en Burdeos. Sin hacer mucha promoción al respecto, Chateau Lafite Rothschild emplea cada año entre 30 y 40 refugiados a través del programa Action Empoi Refugiés, una iniciativa de Saskia Rothschild. De principio, los puestos son temporales pero cada año uno o dos de los refugiados pueden quedar como parte permanente del staff de la bodega y el objetivo es ir ampliando el alcance del programa.

En Moulis-en-Médoc, Jean-Baptiste y Véronique Cordonnier, del Château Anthonic, comenzaron en 2018 el programa Vignerons du Vivant que ha agrupado a más de 10 bodegas para ofrecer capacitación en cultivo orgánico y apoyar en la búsqueda de oportunidades de empleo a jóvenes sin formación académica. De igual forma, Jean-Baptiste comenzó un programa de reforestación dentro del viñedo que tras un análisis de los cultivos más favorables para el suelo lo llevó a plantar olmos, perales y robles. Al combinar estos esfuerzos sociales y medioambientales los Cordonnier nos dan un buen ejemplo de esa nueva clasificación de vino “de lujo”, nos da razones para sentir que es un vino que vale la pena buscar, que es único y auténtico.

Tal vez lo único importante es no perder el norte. Como nos comentó Will Berliner, creador del vino de mínima intervención Cloudburst de Margaret River: “a veces se piensa en estos temas como una forma de dar fuerza a las marcas, de mantener el paso de los cambios en el mercado del lujo. Pero asumir la sostenibilidad únicamente como una forma de conectar con el consumidor y aumentar la participación de mercado sería perder el norte completamente”.

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