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Cena de Fin de Año en casa o el placer de volver

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Nuestro editor Jesús Nieves Montero repasa en estas Memorias a la carta la aventura de redescubrir el placer de comer en la intimidad del hogar durante las fiestas

Puedo recordar la sucesión de cenas de Nochebuena y Fin de Año en Cabimas, con mis tías y mis primos. Siempre tuvieron la alegría del viaje, el largo viaje en carro de Caracas al Zulia y no se limitaba el gusto a las cenas, casi todos los días había una razón diferente para estar felices.

Puedo recordar la primera vez que, pese a vivir en Venezuela, se interrumpieron esos viajes con una cena de fin de año en una mesa cerca de la piscina en un hotel en La Victoria. La ensalada no era de gallina, era rusa y el sabor de la remolacha era marcado. Había calor pero no sofocaba. Un tecladista cantaba versiones de canciones de Ilan Chester.

Los viajes comenzaron a ser a destinos bastante más cercanos.

Recuerdo los otros hoteles. El restaurante italiano del Caracas Hilton con su buffet de pastas y un par de opciones de carnes. El buffet del Eurobuilding con una larga cola antes de entrar porque había la opción de tomarse la fotografía familiar para llevársela comoo recuerdo y otra larga cola que hice en el baño para cepillarme los dientes.

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Mención aparte merece una cena en Le Gourmet con un menú que comenzó y terminó con champagne y que en uno de los pasos incluía carne de faisán.

Comer afuera en una cena como la del 31 de diciembre es entregar. Se entrega la comodidad porque rodeado de gente siempre hay que hacer concesiones: en el vestir, en el circular en el espacio incluso en los temas de conversación. Se entregan los tiempos: en los menús como el del hotel Tamanaco los platos salen cuando toca que salgan, en los buffet hay la ilusión de que todo está siempre disponible pero hay siempre la incertidumbre acerca de qué se debe elegir o si se debe elegir porción por porción y hacer varios viajes a los mesones o es mejor llevar todo en un plato. Depende de cada persona si esta entrega es un sacrificio.

Las razones por las que dejamos de ir a esas cenas trazan parte de los cambios que ha sufrido Venezuela con los años. La inseguridad es la primera. Luego los costoso de la cenas acompañado, lamentablemente en varios de los casos, por un descenso dramático de la calidad de que se servía por lo que había poca justificación para continuar.

Comenzamos el regreso.

La primera parada del regreso fue comprar comida ya hecha. Cuando La Cuadra Gastronomía no contaba con varios de los restaurantes de la planta inferior un grupo de personas se colocaba durante el mes de diciembre a veder comida por encargo para Navidad y Año Nuevo. Hallacas, pernil, pavo. Sobre todo recuerdo un pan de pernil que hacían con piña y pistacho. También el pan de salmón de hojaldre con queso crema. Siempre se encargaba de más. Siempre terminábamos luchando los dos o 3 días siguientes (25, 26 y 27 de diciembre o 1ero, 2 y 3 de enero) para terminar la comida.

El único reto era calentar todoo a tiempo para servir pero había comenzando la reconquista. Habíamos reconquistado el placer de controlar el espacio y la comodidad que éste implica y, sobre todo, habíamos recuperado el tiempo, los tiempos. De servir, el tiempo entre platos, la sobremesa. Todo confirmaba que íbamos en la dirección correcta pero el viaje debía continuar.

Nuevamente costos no sólo elevados sino la calidad desigual de los potenciales proveedores nos alejaron de esa opción y tuvimos que seguir.

Así que volvimos a casa, a la cocina de la casa. Hay algo cuyas implicaciones metafóricas no se pueden esquivar y es la magia de encender el fuego en casa no para recalentar lo que otro hizo sino para llevar nosotros mismos los alimentos a su alquimia. Nos aferramos a ideas simples. Debe ser sabroso y sin mucha complicación. Debe ser una receta conocida porque no tiene mucha lógica experimentar en una noche especial cuando no se tiene plan B. Siempre hay un vino específco que queremos abrir, por lo tanto casi sin excepciones pensamos el menú a partir del vino.

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El disfrute se ha potenciado con los años porque a lo que ya sabíamos que recuperábamos al volver a casa hemos sumados algo: la energía. Hay una energía especial desde que la primera olla para cocinar unas batatas o papas se enciende o se sazona o se marina la carne o el cerdo, cuando se coloca el primer tenedor sobre la mesa, cuando todos se sientan y va a salir el primer plato.

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Y desde que llegaron los niños, Manuel hace 8 años y Sofía hace 5, compartir con ellos lo que significa el final de éste, nuestro viaje de regreso, es para nosotros la forma de decirles que tal vez cuando crezcan van, como a nosotros, a alejarse, a probar, a descubrir lo que ganan y lo que pierden cada vez que comen fuera en estas cenas.

Pero sabrán lo que dejan atrás, lo que siempre los espera. Y tal vez quieran volver.

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