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Abecedario de los vinos fantasmas. I-L

white wine man reading

Nuestro editor Jesús Nieves Montero continúa con su recorrido literario, geográfico y emotivo esta vez con estampas que van desde novelas de Paul Auster a la diversidad de los vinos del Valle del Loira en Francia 

I

Ilusiones, El libro de las. La novela de Paul Auster desde el principio me intrigó por un sencillo pero eficaz dispositivo: la presión sobre una de las preocupaciones cotidianas del protagonista, el dinero, en la vida del protagonista David Zimmer, era solventada nada más comenzar el libro por las compensaciones que recibe tras el accidente aéreo en el que muere su familia y es justamente ese dinero el que le permite continuar la investigación del trabajo filmográfico del cómico Hector Mann, su ocupación académica. Tras la tragedia, Zimmer entra en una etapa de desconexión total del mundo hasta que finalmente logra, al ver precisamente una cinta de Mann, volver a sonreír. Releo y recuerdo rápidamente la cita de Napoleón Bonaparte sobre el champagne que dice que en la victoria se merece y en la derrota se necesita. Y de repente trato de configurar una lista de vinos que me hacen o me han hecho sonreír, que me han rescatado con la eficacia de la estrella de cine mudo de algunos baches. Recuerdo un Juvé i Camps cordón púrpura brut cuando Chile acabó con las posibilidades de Venezuela de clasificar al Mundial Brasil 2014 que fue lo único rescatable de esa noche. Y recuerdo el Ruinart brut rosé de la última noche en Sao Paulo hace unos pocos meses que cerraban unos días no sólo de exploración gastronómica sino de evaluación de lo que habían sido tres años de trabajo en un horario atípico (con inicio a las 3 am) y la necesidad de emprender un nuevo proyecto. Esa noche, en Epice, el restaurante de Alberto Landgraf, no sólo iba repasando cada uno de los más de 10 platos sino también los últimos tres años, y entre cada bocado un sorbo de champagne en el que a veces, así como rosas, detectaba esas notas que siempre asocio con la tiza de los pizarrones con los que estudié primaria y secundaria. Alguna vez leí del origen de los suelos de champagne, cuando hace 30 millones de años eran el hogar de diversas formas de vida marina. Y ahora son sus restos los que sustentan los suelos que producen estas uvas con una mineralidad única. Pienso en ilusiones y pienso en burbujas, pero no en las ilusiones vanas que se desvanecen de forma inocua sino de las que dejan huella. Tal vez por eso vuelvo a la frase final de la novela de Auster: “Vivo con esa esperanza”.

J

Juegos. Mis primeros libros llevan la palabra juego en el título. Los de relatos Juegos de amor/Juegos de memoria y Juegos de perdón, y la novela corta Últimos juegos. Todo comenzó cuando mi amigo César Velásquez y yo coescribimos un libro que tuvo una mención de honor en el I Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila Editores cuyo título era Casi un juego y que estaba compuesto por relatos suyos, míos y un par escritos en colaboración. En el proceso de elaboración del libro entendí que más que la búsqueda de una verdad estética lo que siempre me fascinaría de la literatura sería su carácter lúdico: poder hablar como otros, ver la vida como otros, tener epifanías como otros y siempre volver a quien creo ser aunque, por supuesto, con las alteraciones propias de ese periplo de desdoblamiento. Y en el vino también me acompaña el juego. Recuerdo el día cuando me propusieron seleccionar los vinos para una cena de gala del presidente de El Salvador, Salvador Sánchez Cerén. Me dijeron que el plato principal sería costilla de cerdo laqueada. Me dijeron que alguien había propuesto previamente un rosado. No había tiempo para hacer una prueba pero, de repente, apareció en mi mente uno de mis Rioja estilo moderno favoritos, Cantos de Valpiedra de Martínez Bujanda, y propuse que fuera ése. Me sentí como en 1998, corrigiendo con César los cuentos de Casi un juego, la cocinera proponía una idea, una paleta de sabores, yo trataba no sólo de acompañarla, porque no es un baile, sino de retarla a ella, al plato, al paladar, como tantas mañanas de viernes pasábamos César y yo en una panadería de El Rosal. Pero una vez definido todo había una única oportunidad, un sólo intento: como cuando enviamos el libro a la sede de Monte Ávila en La Castellana, como fue esa noche en un comedor en Colinas de Bello Monte. La costilla salió brillante con la intensidad del laqueado, pasé cerca de un plato para olerlo y sentí que efectivamente tenía oportunidad por la intensidad del aroma y los matices especiados. Esperé sentado en la cocina, mientras se preparaba el postre de chocolate y los shots de ron Santa teresa 1796, mi turno para que una vez que todos los platos estuvieran servidos pudiera comentar un poco sobre la decisión en la selección del vino. Salí, recorrí cada una de las tres mesas en las que se repartían los invitados y terminé en la del presidente para luego regresar a la cocina. Esperé las reacciones como aquellas tardes de abril cuando esperaba el veredicto que sentía como una reafirmación de lo que en aquel momento había decidido hacer y significaba tantos cambios en mi vida. Me dijeron que el presidente pedía hablar conmigo y que llevara una botella, así que fui hacia el mesón donde teníamos las botellas descorchadas y le llevé una con su corcho. Al acercarme, con mucha delicadeza, me dijo que me agradecía y que lo había disfrutado mucho. Uno de sus aacompañantes me preguntó si podía llevarse la botella porque también lo había disfrutado. Era aquella tarde de 1999 en La Tahona. Repicó el teléfono. Era de la gerencia Editorial de Monte Ávila Editores. Nuestro libro había gustado y sería publicado.

K

Kavafis, Constantino. “Feliz y orgulloso deberías sentirte /de estar en el primer peldaño./
Haber llegado hasta ahí no es ningún pequeño logro:/lo que acabas de hacer es algo maravilloso.”, dice Kavafis en su poema El primer peldaño. No hay otra manera con el vino. Hay una primera copa que pasa desapercibida, luego una primera copa que algo te revela y luego los primeros vinos de los que compras más de una botella porque has desarrollado un criterio incipiente y quieres replicar el placer. Evidentemente hay un trecho entre uno y quien uno admira por su conocimiento de vinos cuando se comienza y tal vez uno tienda a pensar que se necesita recorrer en catas interminables toda la clasificación de Burdeos de 1855 para declararse conocedor de vinos. El camino de cada entusiasta del vino es diferente, “recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste”, Fitzgerald dixit. Pero me parece interesante rendir homenaje a esos primeros vinos, esos que despertaron la curiosidad. Yo siempre le agradecederé a un Zuccardi tempranillo Santa Julia, seguramente cosecha 2003 o 2004 que me permitió entrar a Argentino no por la vía habitual del malbec sino por una más exótica. También a algún Frontera cabernet de Viña Concha y Toro para entender lo que era un varietal. Y, sobre todo, a un Chianti Ruffino que fue el vino que me enseñó a valorar la acidez en la gama de sabores, con esas notas tan particulares de la sangiovese. No, no fue un inicio con grandes vinos, a esos he venido teniendo acceso a medida que avanzo y, de hecho, he tenido incluso el exquisito placer de ser quien los presente en catas y degustaciones. Pero en cada apreciación de esos titanes están las sombras de aquellas primeras aproximaciones, torpes y tímidas, que me dijeron que yo podía alcanzar el primer peldaño y los subsiguientes.

L

Loira. Si pudiera tomar vinos de una sola región del mundo seguramente seleccionaría el Valle del Loira. Tienen muchas formas de abordar la cabernet franc en sus tintos, tienen sauvignon blanc que van de lo floral a lo mineral con notable facilidad e incluso tienen los vouvray que son espumosos excelentes. Algunas noches me levanto sobresaltado y me recuerdo que debo tener cuidado al bajar de las escaleras. Es porque revivo esas noches de 2014 en el apartamento de Chez Bertrand en París cuya cama quedaba en un segundo nivel y donde descorché varios saumur champigny mientras esperaba con paciencia que me es impropia que la cocina terminara de dar el punto a un lomo de cerdo o a un trozo de ternera para acompañar con lechugas orgánicas, queso y chocolate oscuro de postre. Y aunque siempre regreso en sueños sólo a esos vinos otras zonas de Loira, como chinon y bourgueil, han aparecido en Barcelona, en Burdeos y Sao Paulo, en una habitación de hotel o en la mesa de San Pietro acá en Caracas. Loira siempre tiene la persistencia de las cosas que “tienen movimiento”. “Una voz, como un sentimiento, como una canción; algo más que me ayude a despertar”. Y ya no estoy en París o en Burdeos como esa noche que llegué en tren desde Barcelona y el cuerpo, aunque me pedía dormir, también me exigía que descorchara la botella de Bourgueil Cuvee Bonn’Heure que llevaba en el equipaje.

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