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Café

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Leidimar Martín explora recuerdos familiares a través de la magia del café en este ensayo

La abuela tenía una rara obsesión con el café, podía dejar que se vaciaran todos los estantes de nuestra cocina, pero no podía soportar que faltaran los granos que molía y convertía luego en una bruja infusión que nos daba de beber a todos. Cuando el temido momento del fin del café se aproximaba, con desespero me entregaba unas cuantas monedas y yo corría calle abajo a reponer la dosis. A veces me sentía cansada o fastidiada y pensaba en negarme, pero aquellas piedritas negras parecían importarle tanto que no dejaba de cumplir con la tarea. A los dieciséis ya con el café molido, cómodo y empacado, mientras ella lavaba platos y yo ordenaba la estantería, me atreví a preguntarlo respetuosamente ¿Qué hay de malo en que se termine el café? ¿Qué pasa si lo dejamos por un día? Y la abuela —que no tenía y no tiene argumentos filosóficos, ni razones del todo lógicas— sólo dijo que nuestra única garantía de borrar toda la tristeza del hoy era la taza de café que beberíamos por la mañana. Aquella vez no lo comprendí, pero tal vez he comenzado a comprenderlo ahora…

Ahora, o desde ese mediodía en que el médico sugirió que suprimiera el hábito si quería estar mejor, entonces yo pasé toda la tarde diciéndome que eso de estar completamente bien es un asunto muy difícil y toda la noche recordando los momentos valiosos (gratos y no tan gratos) que las tazas, la vida y yo hemos compartido. Al día siguiente, comprendí que en realidad buscaba una bonita excusa para pasar por alto la recomendación del médico. Han pasado unos cuantos meses y no puede decirse que estoy mejor, o peor; lo que sí ha ocurrido es que, como un niño terco, cada vez que alguien sugiere que el hábito no me ayuda, me aferro más a él y justifico mi necesidad de consumirlo.

Con oído sordo a la crítica venero el humo tibio diez, doce veces al día; sufro la cálida conquista, el macabro equilibrio entre dulce y amargo; la confusión gustativa, ese desconcierto tan parecido a la vida. “El café fuerte me resucita, me causa un escozor, una carcoma singular, un dolor que no carece de placer. Más me gusta, entonces, sufrir que no sufrir” dijo Napoleón Bonaparte. Puede ser que a mí me guste más sufrir que no sufrir, por eso a diario me repito que lo merezco, yo merezco el café; por autocompasión, por irrevocable piedad. No puedo negármelo al comenzar la jornada, contaminada y paranoica; al recorrer una tarde atareada de lluvia y corneteos, al gastar una larga noche de frases inconexas que intentan comulgar.

Temo que sin su trance la vida se detenga. Sigo fiel a la precisa descripción de Balzac, al primer sorbo “me sobreviene una conmoción general. Las ideas empiezan a moverse, las sonrisas emergen…El café acaricia la boca y la garganta y pone todas las fuerzas en movimiento: las ideas se precipitan como batallones en un gran ejército de batalla, el combate empieza…”

Me lo merezco, yo merezco un café, porque no he sanado… tal vez no llegue a sanar y tal vez la abuela nunca pierda esa mirada triste; pero esta vida rutinaria, pesada, azarosa, halla unos minutos de paz en el tibio y hechicero pozo turbio que susurra desde el fondo de una taza.

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