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Arte y pecado en El jardín de las delicias

Arte y pecado en El jardín de las delicias

Interpretación de esta conocida pintura de El Bosco

El Jardín de las delicias (tríptico, pintado al óleo sobre tabla por El Bosco entre 1480 y 1490, conservado en el Museo del Prado, Madrid, y al que puede accederse a través de las extraordinarias imágenes de la Galería online, www.museodelprado.es) retorna a esta página para, tal como me comprometí, terminar de realizar la exégesis del cuadro analizando el panel central, que es el que da el nombre actual al tríptico, pues se desconoce cómo se llamó en origen. Sí se sabe que fue encargado por Enrique III de Nasau, hombre de gran cultura humanista, que lo tuvo en su palacio de Bruselas. Después pasó a manos de su sobrino, Guillermo el Taciturno, al que los españoles le confiscaron los bienes, motivo por el que fue a parar a manos del padre don Fernando Álvarez de Toledo, prior de la Orden de San Juan e hijo natural del Duque de Alba. Tras su muerte, en 1593, sus bienes fueron subastados y la obra fue adquirida por Felipe II, que lo envió al monasterio de El Escorial con el nombre de Una pintura de la variedad del mundo. Permaneció en el dormitorio del rey hasta su muerte. Finalmente, en 1936, durante la guerra civil española, fue trasladado al Museo del Prado, donde se quedó por deseo expreso del General Franco.

La tabla central es el Jardín de las delicias propiamente dicho y mide 220 cm de alto por 195 de ancho. La pintura representa un espacio opresivo y asfixiante poblado por una multitud de seres humanos y animales. Así, aparecen muchos hombres y mujeres, blancos y negros, completamente desnudos (con una sola excepción) y con signos de indiferenciación sexual (salvo pechos femeninos y genitales masculinos muy poco marcados), que en su mayoría están en grupos, pero también aislados. De forma explícita y rotunda, se representan todo tipo de relaciones sexuales y eróticas, sobre todo heterosexuales, pero también homosexuales, onanistas y de otros tipos.

Asimismo, también se representan relaciones sexuales y eróticas entre animales y plantas. Los animales son tanto reales como fantásticos y pueden presentar un tamaño normal o ser de grandes dimensiones en relación a los humanos. Algunas aves, como el petirrojo, son también símbolos eróticos. Las plantas son numerosas, algunas muy crecidas, entre las que destacan las fresas, que junto con las cerezas, las frambuesas y las uvas, entre otras, aluden a los placeres sexuales. De hecho, en la Edad Media, “coger fruta” equivalía a tener comercio carnal y al tiempo, las frutas, en su paso rápido de la frescura a la putrefacción, simbolizaban la fugacidad del placer.

Al contemplar la pintura, la primera impresión es de confusión ante un cuadro extraño donde se representa una aglomeración desordenada de seres y formas. No obstante, si hacemos una observación ordenada como la propuesta por Yarza Luaces, advertiremos que se trata de una composición muy cuidada con tres niveles en altura.

La zona inferior muestra un suelo verde con un límite curvilíneo más oscuro, sobre el que se encuentran múltiples grupos o parejas de hombres y mujeres desnudos, en las actitudes más diversas, conversando, manteniendo todo tipo de relaciones carnales o comiendo grandes frutos. A su lado se exhiben extrañas plantas, minerales, conchas y pompas que parecen apretar y agobiar a los personajes. Algunas de estas estructuras evocan a alambiques o matraces, que llevaron a que la obra se vinculase con la alquimia. También hay pájaros de grandes proporciones, sobre todo a la izquierda. En el lado derecho está el único hombre vestido, aparentemente con una túnica de pieles, que se asoma desde la entrada de una cueva y señala a una mujer echada, dentro de un tubo de cristal, que se ha determinado que se trata de Eva. El hombre vestido ha sido identificado de maneras distintas. Bax creyó inicialmente que se trataba de Lucifer. Para Mateo el hombre representaría a Juan Bautista y la cueva por la que sale, la entrada en el limbo (en correspondencia al evangelio apócrifo de Nicodemo). Para otros sería Adán (en correspondencia al Comentario al Génesis contra los maniqueos de San Agustín: “Ellos se habrían cubierto de hojas y Dios les entregó túnicas de pieles, los cubrió con la mortalidad de esta vida”). En este caso, Adán estaría junto a Eva contemplando desde esta cueva lo acaecido en el mundo por su pecado. En el lado izquierdo, aparece un grupo de hombres entre los que está una chica negra con una gran cereza sobre la cabeza y a su lado un hombre que extiende el brazo y parece señalar a la Eva que está en la tabla izquierda del tríptico €con lo que el pintor daría continuidad escénica a ambas tablas, que ya la presentan en los tonos cromáticos similares, como acusándola de haber sucumbido al pecado.

La zona central se circunscribe a una elipse y, en su centro, aparece un estanque circular lleno de mujeres desnudas que miran hacia el exterior, donde un cortejo de jinetes, en su mayoría hombres desnudos montados en variados animales reales o fantásticos €la mayoría copiados de bestiarios medievales€ giran a su alrededor, y miran ansiosos y agitados en probable espera del encuentro carnal. Se trata con toda probabilidad del “estanque del adulterio”, si bien para otros representaría la “fuente de la eterna juventud”, según motivo repetido en las pinturas del siglo XVI, y opción que resulta menos verosímil.

Finalmente, en la zona superior, hay un estanque en el que flota un enorme globo gris azulado, en el que personajes lujuriosos realizan acrobacias lascivias. A su alrededor, sobre el agua o en sus bordes, aparecen cuatro extrañas e imaginarias construcciones, a modo de torres, con materiales vegetales y minerales, a cuyos flancos, y al fondo, las aguas se canalizan por cuatro ramales en claro recuerdo a los cuatro ríos del Paraíso terrenal. Las aguas están pobladas por hombres, mujeres, sirenas, tritones y otros entes. También son muchos los seres que vuelan, algunos de los cuales son hombres alados que portan grandes peces.

La exégesis en conjunto parece clara. La tabla representa un falso paraíso en el que la humanidad ha sucumbido al pecado, especialmente a la lujuria, fuente y origen de todos los males, que todo lo atrapa, corrompe y lleva a la perdición.

El Bosco tomó las fuentes tradicionales y antiguas y, sin perder en ningún momento la información y el control de un cristiano practicante, las metamorfoseó hasta crear un mundo iconográfico excepcional y nuevo. Sin embargo, las líneas interpretativas no son únicas, como ya hemos expuesto en artículos anteriores.

También nos hemos referido a la tabla derecha del infierno, un infierno distinto, en que los castigos dan respuesta, no sólo a la lujuria, sino a todos los pecados capitales y a cualesquiera de los pecados y vicios de forma igualatoria. Su interpretación tampoco es unitaria, por lo que creemos que merece mucho la pena que otro día completemos el análisis a través de la obra de Vicente Risco: Satanás. Historia del Diablo (Ed. Ayma, 1956), libro extraordinario e insólito, y a la vez erudito y fantástico. (vía Faro de Vigo)

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4 comentarios el “Arte y pecado en El jardín de las delicias

  1. […] Fragmento publicado por la revista Godot de este ensayo del genial artista español […]

  2. […] Ubicado en Lviv, Ucrania, una de las ciudades sedes de la Eurocopa 2012, se trata de un lugar donde el placer se mezcla hasta fundirse con el dolor […]

  3. […] veces Mozart y en la biblioteca se resguardan manuscritos medievales, mapas y globos terráqueos. Su pinacoteca es una de las más importantes de Europa […]

  4. […] 2 Posibilidades decorativas. Aunque suene fuera de contexto del arte, en realidad el hecho de que los más recientes trabajos de Richter puedan dar un toque especial a […]

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