1 comentario

Los cornudos del viejo arte moderno, Salvador Dalí

Los cornudos del viejo arte moderno, Salvador Dalí

Fragmento publicado por la revista Godot de este ensayo del genial artista español

¡Olé!, porque los críticos del muy viejo arte moderno -llegados de las Europas más o menos centrales, o sea, de ninguna parte- han metido en la olla del cassoulet cartesiano sus equívocos más deliciosamente rabelaisianos y sus errores de situación más truculentamente cornelianos de cocina especulativa. Los cornudos ideológicos menos magníficos -exceptuando a los cornudos estalinistas- son de dos clases:Primo: el viejo cornudo dadaísta de canosa cabellera, que recibe un diploma de honor o una medalla de oro por haber querido asesinar a la pintura. Secundo: el cornudo casi congénito, crítico ditirámbico del viejo arte moderno, que se autorreencornuda de entrada por la cornudez dadaísta. Desde que el crítico ditirámbico se casó con la vieja pintura moderna, ésta no ha dejado de ponerle los cuernos. Puedo citar al menos cuatro ejemplos de dicha cornudez:

1°. Ha sido engañado por la fealdad.
2°. Ha sido engañado por lo moderno.
3°. Ha sido engañado por la técnica.
4°. Ha sido engañado por lo abstracto.

La introducción de la fealdad en el arte moderno comenzó con la adolescente ingenuidad romántica de Arthur Rimbaud, cuando dijo: “La belleza se sentó en mis rodillas y me cansé de ella”. Gracias a estas palabras clave, los críticos ditirámbicos -negativistas a ultranza, que odian el clasicismo, como cualquier rata de alcantarilla que se respete- descubrieron los estremecimientos biológicos de la fealdad y sus inconfensables atractivos. Empezaron a extasiarse ante una nueva belleza, a la que llamaban “no convencional”, y junto a la cual la belleza clásica se convertía de repente en cursilería.

Todos los equívocos eran posibles, incluido el de los objetos salvajes, feos como los pecados mortales (que en realidad son). Para no desentonar con los críticos ditirámbicos, los pintores se aplicaron con ahínco a lo feo. Cuanto más feo, más modernos eran. Picasso, que le tiene miedo a todo, fabricaba fealdad por miedo a Bouguereau. Pero él, a diferencia de los demás, la fabricaba expresamente, poniéndoles así los cuernos a los críticos ditirámbicos que pretendían volver a hallar la verdadera belleza. Pero como Picasso es un anarquista, después de clavarle media estocada a Bouguereau, se dispuso a dar la puntilla y a acabar para siempre con el arte moderno fabricando más fealdad él solo en un día que todos los demás juntos en muchos años.

Porque el gran Pablo Picasso, junto al angélico Rafael, el divino Marqués de Sade y yo mismo -el rinocerontesco Salvador Dalí-, tenemos la misma idea de lo que puede representar un ser arcangélicamente bello. Esta idea, por otra parte, no se diferencia en nada de la que posee instintivamente cualquier hombre de la calle -heredero de la civilización grecorromana- cuando se vuelve, petrificado de admiración, al paso de un cuerpo -llamemos a las cosas por su nombre, de un cuerpo pitagórico. En la cúspide de su mayor frenesí de la fealdad, envié a Picasso, desde Nueva York, el siguiente telegrama:

;Gracias, Pablo! Tus últimas pinturas ignominiosas han matado el arte moderno. Sin ti, con el gusto y la mesura característicos de la prudencia francesa, habríamos tenido pintura cada vez más fea durante al menos cien años, hasta llegar a tus sublimes adefesios esperpentos. Tú, con toda la violencia de tu anarquismo ibérico, has llegado al límite y a las últimas consecuencias de lo abominable. Y lo has hecho, como Nietzsche habría deseado, marcándolo todo con tu propia sangre. Ahora sólo nos queda volver de nuevo la mirada a Rafael. ¡Que Dios te bendiga!

A los críticos del viejo arte moderno los ha camelado y engañado la propia “modernidad”. Efectivamente, nada ha envejecido jamás más aprisa y de peor manera que lo que en un momento dado calificaron de “moderno”.

Nuestros modernos, a quienes se les ponen los pelos de punta sólo de pensar en una materia que no sea aséptica y prefabricada, no han tenido que esperar al final de sus vidas para ver la apoteosis del folclore más ingenuo, la resurrección de todos los plagios, de todos los arqueologismos de todos los tiempos, con la única condición de que estén llenos de manchurrones y mal hechos. Cada cuadro, cada cerámica, cada tapiz moderno que se respete, debe parecer recién salido de una excavación y simular los accidentes de la pátina del tiempo y de la decrepitud truculenta. Y esto hasta un extremo que se habrían permitido ni en la época de las añoradas “consolas Miguel Ángel”, donde se contentaban con imitar modestas carcomas.

En fin, cabe preguntarse si hay algo más cornudo, más engañado, más plagado de grietas y resquebrajaduras que este arte moderno fanático de la pulcritud esterilizada, de las formas funcionales y de las superficies asépticas, cuando se diría que es un arte asediado por la peste y hallado -por una ironía del destino, como suele decirse- en esos cubos de basura donde el italiano Burri recoge trapos sanguinolentos. Por más que sea eterna y alegremente cornudo, Burri sigue colgando sobre su cabeza esas basuras que tienen la forma del más depresivo de todos los “móviles”, parecidos éstos a los que fabrica para él un “primer premio” de escultura moderna-moderna.

Partidarios de lo ultranuevo, menospreciados por los advenedizos de lo pseudoviejo-viejo, los críticos ditirámbicos fueron engañados por la técnica: con el Impresionismo, la decadencia del arte pictórico se hizo… impresionante.

Paul Cézanne -uno de los pintores más maravillosamente reaccionarios de todos los tiempos- era también uno de los más “imperialistas”, ya que quería recrear a Poussin “del natural”, es decir, según la nueva concepción de la discontinuidad de la materia, gran verdad del divisionismo dionisíaco del Impresionismo. Lástima que a su impulso apolíneo le asistiera su torpeza fatal. Su impericia sólo es comparable al virtuosismo delirante de Velázquez. Debería haber sido Velázquez quien, como Bonaparte, vaciase la anarquía de la pintura orgiástica en el imperio cesáreo de las formas, y le añadiera esa noción de la naturaleza discontinua que le faltaba a Poussin.

Pero, por patético que pueda parecer, Cézanne jamás consiguió pintar una sola manzana redonda capaz de contener -monárquicamente-, en su volumen absoluto, los cinco cuerpos regulares.

Los críticos ditirámbicos, en perfecta consonancia con la mediocridad de los pintores cézannianos, sólo supieron elevar a imperativos categóricos las deficiencias y las torpezas catastróficas del maestro. Ante esta derrota absoluta de los medios de expresión, se creyó haber avanzado un paso más hacia la liberación de la técnica pictórica. Cada fracaso fue bautizado como “economía”, “intensidad”, “plasticidad”… y cuando se pronuncia esa horrible palabra, “plasticidad”, ¡quiere decir que los gusanos ya están ahí!

En fin, engañados pero contentos, como es su costumbre, los críticos ditirámbicos, en lugar de encontrarse en posición de la nobilísima cesta de manzanas intactas y divinas -símbolo de una nueva edad de oro cézannica-, se quedaron sencillamente solos con un cesto lleno de su propia mierda . Y dado que, hasta para trenzar con dignidad una simple cesta, sigue siendo imprescindible poseer cierta técnica, todo lo que consiguieron fue confeccionarse una especie de canasto del todo indigno de tal nombre. Jamás la expresión de Michel de Montaigne “cagar en un canasto y luego ponérselo en la cabeza” podrá aplicarse con tanta propiedad como a esos críticos ditirámbicos de la nueva técnica de los pintores modernos.

Pero apenas nuestros críticos ditirámbicos habían sido engañados sucesivamente por la “fealdad” y lo “moderno”, y luego por la “técnica”, cuando nuevamente, sin dejarles un momento de respiro, el “arte abstracto” les puso los cuernos. Y esta vez los cuernos fueron colosales, totalitarios, imperiales, me atrevería a decir cósmicos, tanto en el terreno espiritual (hasta tal extremo anonadado que ya no podía ocurrirle nada peor) como en el terreno temporal, puesto que ya no es un misterio que quienes habían puesto allí su confianza están perdiendo todo su dinero, señal evidente de bancarrota.

Un comentario el “Los cornudos del viejo arte moderno, Salvador Dalí

  1. […] about Beethoven, Rembrandt and rock and roll Forget about Mickey Mouse, Marlboro and Coca Cola Forget about Cadillac, Mercedes and Toyota Forget […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

A %d blogueros les gusta esto: