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Oscar Guaramato, El Nacional, Manuel, mi padre y mi encuentro con las almojábanas


Nuestro editor Jesús Nieves Montero repasa su descubrimiento de este sabroso pan andino

Cuento esto porque es 2020 y hay tiempo. Cuento esto porque Manuel era muy pequeño para recordarlo, porque Eloina no lo sabe y porque Rodrigo estaba preparando almojábanas y me mostró una foto y le recordé completo. Cuento esto porque aunque lo recordaba en las mañanas, antes de las siete, cuando llegaba a abrir mi oficina en Cocina y vino dentro de la sede de El Nacional, nunca me apeteció escribirlo, hasta hoy.
Para mi papá, El Nacional impreso era el desayuno. El Nacional y el café con leche porque lo que se comía podía variar y muchas veces no lo comíamos en casa. Por eso nos enteramos a primera hora de la muerte de Oscar Guaramato.

De Oscar Guaramato sus cuentos, sobre todo “Biografía de un escarabajo”: allí leí por primera vez la palabra boñiga. De su muerte, la nota en la que hablaba de su desayuno: leche y almojábanas, compradas en la panadería El Torbes, en la avenida Baralt, a un par de cuadras de la antigua sede de El Nacional. De mi padre ese impulso de tratar de confirmar todo dato gastronómico que salía impreso en El Nacional y sus revistas como Pandora, Feriado y luego Todo en domingo.

Fuimos al Torbes y encontramos las almojábanas calientes y, realmente, nos dieron esa sensación de hallazgo. La textura casi chiclosa que dan la yuca y el queso no la había conocido en un pan: si picaba por la mitad con las manos y salía un humo perfumado que anticipaba el sabroso punto salado en boca. Además, mientras se terminaba, nacía esa inquietud por el siguiente bocado y la siguiente almojábana. No había forma de comerse solo una, de hecho, comenzamos lo que iba a ser nuestro patrón de compra: disfrutar una en la panadería y llevarnos unas tres por persona a la casa.

Después no recuerdo haber vuelto a Guaramato, ni al escarabajo ni las boñigas. Mi papá sí siguió buscando datos gastronómicos: una empanada inmensa que hacía acreedor a quien la comiera en una sentada de una franela que celebraba la hazaña o lugares donde en diciembre hacían el pan de jamón según la receta de Claudio Nazoa. Aparte estaban sus datos propios como el vendedor de merengada de guanábana cerca del templo adventista en El Paraíso o las hallaquitas de chicharrón vía San Diego de Los Altos.

La crisis económica venezolana se reflejaba en El Torbes. 1987 no es un año del final del siglo pasado al hablar de Venezuela, es casi pensar en otro planeta. Al avanzar los 90, las almojábanas se volvieron uno de sus productos de lujo, sacaban una tanda a eso de los 11 de la mañana y se acababan en una media hora más o menos. Sólo esporádicamente podía acercarme a cumplir con estas nuevas restricciones pero cuando lo hacía era el reencuentro con la almojábana tal cual la recordaba.
De repente, un paréntesis. Pasaron tantas cosas. Comienzo y final de la universidad, tantas lecturas, me acercamiento a la escritura, mi afición por el registro gastronómico, el nacimiento de Manuel. Casi las había olvidado y mi papá (ahora abuelo) no preguntaba por ellas. Hasta el día cuando María Luisa Ríos del blog Mil sabores comentaba asombrada de haberlas conocido en un viaje a Colombia e incluso invitaba a quienes viajaran allá a probarlas. No pude resistir. Le escribí por twitter a María Luisa y le dije que no veía la necesidad de viajar a Colombia cuando con ir a la avenida Baralt se tenía. María Luisa respondió con escepticismo. No quise pelear (y en esos días peleaba mucho con María Luisa) y abandoné el intercambio. Era 2009.

Pero como muchas veces ocurre en Twitter, Gilberto Pagua (@antociano) estaba siguiendo la conversación y me contactó por mensaje privado para preguntarme si era en serio lo de las almojábanas. Cuando se trata de comida y vino yo difícilmente bromeo. Entonces Gilberto me propuso que hiciéramos una excursión al Torbes y acepté.

Así un día, caminando desde la estación del metro Capitolio, mi hijo mayor Manuel Andrés, Gilberto Pagua y yo llegamos al Torbes. Eran 5 para las 11. A las 11 y pocos minutos salieron las almojábanas y después de comernos una en el local compramos toda la producción del día. Disfruté tener razón y que Gilberto y Manuel pudieran probar los panes. Me hacía ilusión llevarle a mi papá un par de almojábanas y la noticia de que aquello que un día me mostró, yo se lo mostraba a Manuel y seguramente Manuel se lo mostrará a sus hijos, si es que El Torbes no quiebra primero.

1987 cada vez está más lejos. Escribirlo es más seguro.

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