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Un viaje de 300 metros, 20 años y decenas de sabores

bread flour
Daniela Carrascal reconstruye en la calle donde pasó su infancia, los orígenes de su vocación para la escritura gastronómica a partir de estampas de los sabores, aromas y personajes que la rodeaban

El ruido de la última santamaría cerrando anunciaba que ya era hora de dormir y el olor del pan dulce en el horno, que se colaba por mi ventana, anunciaba un despertar. Así, todos los días. Siempre me ha gustado la precisión con la que despiertan algunas calles. A las cinco de la mañana llegaba el repartidor de periódicos al kiosco. A las seis, la panadería recibía a los camiones cargados y, a las siete, entre ponerme un zapato y otro para salir al colegio, ya el mundo funcionaba. Como si alguien desde arriba orquestara una coreografía, se repetía lo mismo en las esquinas aledañas que trazaban el mapa de la calle donde crecí.

Al mediodía, era el momento estelar de la carnicería. Las señoras con los tickets en la mano hacían sus pedidos en algarabía. Yo, aún con el uniforme y el bulto a cuestas, entraba a buscar el encargo de mi madre. Y con efusivo interés me encaramaba en la barra a ver aquello que me parecía magia. ¡Pellejo, sangre, grasa, piel, carne, hueso, por doquier! Todo mutaba con el roce del cuchillo, el girar del molino y el vaivén de la rebanadora; y terminaba envuelto en un pequeño paquete al cabo de cinco minutos.

En cambio, los martes y jueves, a la misma hora, los mandados los atendía Horacio, el pescadero, quien con mucha paciencia respondía las curiosidades de esa niña de 9 años que era yo, atenta al escamado de las perlitas que llevaría luego a casa.

Después, el reloj marcaba la hora de la merienda a las cuatro de la tarde. A pocos pasos el camión de los churros saciaba mi antojo y regresaba a la tarea.

“¿Dónde comemos este sábado?” era lo mejor de la semana. Mamá trabajaba corrido y yo tenía la libertad de elegir qué almorzar. La calle donde crecí no tenía más de 300 metros de largo y ningún sábado repetí menú. Estaba aquel lugar con alma de fuente de soda, con pepitos y helados banana split a la vieja usanza, de esos que coronaban con cereza marrasquino. Aquel otro, “donde Fernando”, que servía el menú casero que preparaba su esposa. Las pizzas de Dany’s o las arepas de pernil y tomate de El Canario. El pollo a la brasa con hallaquitas de El Tocuyo, que ha sido patrón de comparación desde siempre.

En alguna tarde de esas tardes me topé con el café. Mi madre tenía una peluquería en esa misma calle y me encomendaba ir a buscar café para todas sus clientas. Mecánicamente memorizaba el pedido: “Dos marrones grandes, un “conleche” pequeño, tres guayoyos y Javier sabe cómo lo tomo yo”. Bastaba ver cómo los preparaban para quedar antojada y del “teterito no tan claro” que le mandaban a mi mamá pedía uno pequeño para mí.

Hoy, cuando me preguntan, por qué decidí dedicarme a esto de escribir de gastronomía (o intentarlo, al menos), me veo de nuevo caminando con el pan canilla caliente, tentándome a robarle la puntica. Veo al negrito de las frutas poniendo una manzana extra en mi bolsa. Me veo aprendiendo de gramos en la charcutería de la panadería. Pienso en aquella calle. Me veo teniendo encuentros románticos adolescentes en el carrito de Crema Paraíso, que se paraba en la subida. Y probando sushi por primera vez en algún negocio fallido que se estrenó cierta vez.

Pienso en esta calle. Todavía está el negrito, pero Horacio ya no viene tan seguido y la poca carne que llega ya está empaquetada. La fuente de soda le vendió el alma a los almuerzos ejecutivos y otros desaparecieron con el tiempo.

Las santamarías bajan más temprano y en lugar de participar el descanso, anuncian el encierro. Hoy, ya no somos las mismas. Las grietas de los años y el descuido entorpecen el caminar, pero en cada uno de sus huecos y vacíos descansa el paso de mi vida y no puedo evitar agradecerle a la calle donde crecí.

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