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Las Vegas: entre el pecado, el juego y el boxeo

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El argentino Horacio Pagani repasa en estas líneas algunas de las claves para entender este emporio de casinos y hoteles que no debes dejar de leer si haces de esta ciudad tu próximo destino turístico

El cronista llegó a Las Vegas por primera vez, como enviado de Clarín, en 1980 para ser testigo de una de las últimas peleas de Muhammad Alí, contra Larry Holmes. Tenía una curiosidad muy especial. Se la definía entonces como la Ciudad del Pecado, y lo era, sin eufemismos, lo comprobó desde arribo. Conoció entonces a Rubén Grinspanas, un argentino que había llegado muchos años antes a los Estados Unidos y que fue aprendiendo el idioma prestándole máxima atención a la pronunciación de los noticieros de televisión. Hizo pie en Las Vegas cuando recién se desperezaba, en los años 60, y se dedicó a una empresa unipersonal de guía y traslados de turistas por la zona. Lo salvó de entrada al visitante porque no llegaron las valijas despachadas en Buenos Aires. Lo ubicó en el hotel Maxim, uno de tamaño normal, en la Flamingo Road, una calle perpendicular a la famosa Las Vegas Boulevard que atraviesa toda la ciudad. Era otra aquella –mucho menor a esta– que provocó la primera admiración. Cuando Rubén le llevó la valija a la hora del desayuno del día siguiente ya creía que había descubierto el secreto para ganar plata rápidamente. Una promotora con pollerita muy corta le había acercado, mientras desayunaba una papeleta con 80 números y diversos tipos de apuestas. Marcó seis, pagó dos dólares, y al rato la misma muchacha le trajo 50. No vale la pena aclarar que esos 50 se esfumaron tan rápido como llegaron otras jugadas.

La pelea se realizó en un estadio tubular que se había montado sobre la gran playa de estacionamiento del Caesars Palace, todavía hoy (ampliado) uno de los más emblemáticos y finos de la ciudad. En esa misma playa se realizó años después una carrera de Fórmula Uno y en la que el Lole Reutemann perdió la chance de ser campeón del mundo. Perdió tristemente Alí aquella noche. No existían las computadoras portátiles, entonces, y había que usar las legendarias “letteritas” y grabar por teléfono los textos. Hasta que apareció el fax.

Uno creyó conocer una ciudad fantástica y viéndola ahora, a la distancia, parece mentira. Todo era fiesta. De adultos. Nadie llevaba chicos a Las Vegas. Todo era juego y tentaciones al alcance de las manos. Mujeres ligeras caminaban libremente invitando al placer alquilado. Hasta que llegó un alcalde latino, dice la leyenda, y quiso poner algo de orden y decoro en una ciudad que se había comenzado a levantar con dinero de la mafia del Este. Si el primer hotel construido de la nueva era fue el Flamingo. Y su gestor, el famoso ganster Bugsy Siegel. Todo fue cambiando, lentamente. Aunque aún hoy cualquiera se puede casar aquí sin mayores averiguaciones a un precio base de 140 dólares para la ceremonia civil. Los viajes se fueron sucediendo.

En 1981 se realizó en el mismo estadio tubular el choque entre Sugar Ray Leonard y Tommy Hearns. Ganó Sugar en gran pelea. Un jovencito Diego Maradona, de 21 años, todavía jugador de Boca, llegó sobre la hora junto con su representante de entonces, Jorge Cysterzpiller, su padre don Diego y un amigo, Dalla Buona. Fue uno de sus primeros deslumbramientos.

Se sucedieron los viajes, entonces. Tito Lectoure quería concretar el sueño de la sucesión de Monzón (nunca peleó aquí) con Martillo Roldán. Hizo varias peleas. Hasta que llegaron Hagler, primero y Tommy Hearns, después. El doctor Roberto Paladino era el médico de todos. Y tocaba el piano en el Caesars que era el lugar del campamento de Martillo. Tito corría con Monzón a la mañana temprano y sólo una vez, en todos los viajes, jugó una ficha a la ruleta. Una que encontró, y ganó, claro, cuando salía con el boxeador. En cada viaje asistía toda la delegación a la casa de Luis Cano, “croupier” del casino del Caesars a comer un asado. Aun hoy, más de 30 años después el cronista cumple con el rito. Aunque la familia Cano se mudó a un barrio cerrado en las afueras de la ciudad. Siempre la misma hospitalidad. Las diversiones elegidas en aquel tiempo era ir al Downtown para ver la calle Freemont, la más iluminada del mundo. O el desembarco de piratas a la puerta del hotel Tresaure Island. El vaquero gigante que invitaba con su mano movediza era una señal distintiva que uno había conocido por las revistas.

Cuando se inauguró el hotel Mirage, el de los leones y tigres blancos, en 1989, cambió el rumbo de la ciudad. Allí ganó el título pesado, por primera vez Evander Holyfield. A Buster Douglas, el vencedor de Tyson en Japón. Se dice que cambió el rumbo porque entonces empezó a tomar fuerza demoledora el strip, la zona en la que empezaron a construirse los grandes hoteles temáticos, lejos del centro de la ciudad. El downtown fue perdiendo atractivos a medida que crecían las gigantescas construcciones al borde de Las Vegas Boulevard. El MGM Grand, escenario de las grandes reuniones de boxeo de estos años, con su estadio para casi 20 mil personas incluidas, tiene 5005 habitaciones y se construyó en 1992. Pero siguieron el New York New York, réplica de la Gran Manzana, con estatua de la Libertad como estandarte. Y un parque de diversiones. Un llamado para los jóvenes. Y, después, el París, como si fuera París. Y el lujoso Bellaggio, con las aguas danzantes. Y el Venetian, con los canales circundantes. Con todo lujo. Las mejores marcas abrieron locales en las galerías de la mayoría de esos hoteles. El millonario Steve Wynn fue el visionario de las construcciones. Y ahora tiene uno, supermoderno, que lleva su nombre. Y el Area, uno de los más modernos se suman a los “viejos” Circus Circus y Hilton, en este combatió Roldán con Hagler. Ahora las peleas las hace el MGM o el cercano Mandalay Bay que tiene una piscina con olas. Y siguieron los peleas y los viajes, hasta este que lleva el número 28. Es otra ciudad Las Vegas. Ya no están Elvis Presley ni Frank Sinatra, los fundadores de los espectáculos. Pero se desparrama el Cirque du Soleil en varias versiones y con escenografías impresionantes. Y el mago Copperfield perdura año tras año.

Ya no es “la ciudad del pecado”. El placer es reservado. Viven dos millones de personas. Hay congresos médicos, de tecnología, de fabricantes de todo tipo. Pero el juego sigue siendo amo y señor. (vía Clarín)

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