Deja un comentario

Pura alegría, Antonio Muñoz Molina

Pura alegría, Antonio Muñoz Molina

En este texto, el gran novelista español revela no sólo algunas claves de su forma de abordar la literatura sino del hecho literario propiamente dicho y lo que significa escribir

El tiempo de la literatura se nos pasa muy rápido: los días en que escribía uno un libro, aunque sea reciente, se le antojan enseguida muy lejanos. Hace algo más de tres años, en el tiempo ahora remoto en que yo empezaba a adentrarme en mi libro Ardor guerrero, a intentar una narración sin ficción, encontré en un libro de Paul Theroux, The Great Railway Bazaar, unas líneas que me impresionaron mucho, y que apunté enseguida: “La diferencia entre la literatura de viajes y la ficción es la misma que existe entre anotar lo que el ojo ve y descubrir lo que la imaginación conoce. La ficción es pura alegría…”

El cuaderno donde las apunté se me extravió sin que hubiera escrito nada más en él. Dos años más tarde, buscando un sitio para anotar borradores, encontré ese cuaderno casi intacto, y en él aquella frase de Paul Theroux que tanta impresión me había hecho. Al releerla, más que nunca le di la razón: esta vez yo no estaba escribiendo una memoria personal, es decir, anotando lo que veía la mirada del recuerdo, sino que me hallaba plenamente sumergido en lo que la imaginación conocía. Abría el cuaderno, sentado junto a una mesa vacía, tomaba la pluma y empezaba a escribir como al dictado de lo que mi imaginación ya sabía, aunque yo no tuviera una idea muy clara de las palabras que iban a venir, y que fluían de la tinta con una felicidad perfectamente material, con esa ligereza que sólo consigue una buena pluma sobre un papel adecuado. Pura alegría. También trabajaba con el ordenador, desde luego, pero el ordenador, incluso el portátil, le da a veces a la escritura una especie de solidez administrativa, como el hecho de escribir siempre en el mismo sitio, en el cuarto de trabajo lleno de libros y papeles, la clase de habitación en la que parece que debe trabajar un novelista. El cuaderno y la pluma tienen la ventaja de su liviandad: escribe uno en la mesa del comedor, en la cafetería del aeropuerto, escribe sin pararse a pensar en lo que lleva escrito, dejándose llevar. Después vendrá la corrección, el cuidado, pero lo importante es encontrar un impulso y seguirlo, no detenerse a cada instante pensando en la conveniencia o no de los adjetivos, en esos pormenores que son importantes, desde luego, pero que no valen nada si no son precedidos por un empuje de invención, de tentativa, hasta de cierta insensatez.

Creo que en cada novela que se escribe hay una serie de ocurrencias y sensaciones dispersas y un instante que se podría llamar de cristalización, y que es ése en el que todos los datos hasta entonces inconexos y aun muchos que no tenían relación con las ideas primitivas parece que cobran por sí mismos una forma superior que los envuelve a todos. Una forma o la promesa firme de que esa forma aparecerá. Yo eso suelo sentirlo, después de mucho marear historias o fragmentos posibles, cuando encuentro un punto de partida, primero una línea, luego una frase entera que va naciendo de ella, que origina otras, que se extiende hasta esa palpitación de un punto final: se siente que hay algo que podría ser un primer capítulo. En las novelas que yo escribo, además, los primeros capítulos suelen tener algo de oberturas, en ellos se enuncian, de manera consciente o inconsciente, los temas -en el sentido musical- que se irán desarrollando luego a lo largo del libro. En el principio está el final, podría decir, acordándome de unos versos de T. S. Eliot que me gustan mucho.

Y el principio verdadero suele estar mucho antes del principio. En el caso de Plenilunio, se trataba de una brizna apenas, una noticia y una foto que vi en un periódico americano, hace unos siete años. La información breve sobre un juicio y la cara del acusado: una cara de perfecta bondad, un hombre joven, con traje y corbata, con el pelo corto, con las manos cruzadas, tan pulcramente que parecía más bien que estaba en una iglesia y no en la sala de un juicio, sobre todo si uno no se fijaba en que las manos estaban esposadas.

Dos años más tarde algo me hizo acordarme de aquella historia. Estaba yo releyendo por entonces La vida breve, en largas siestas calurosas de mayo, y me dio por imaginar onettianamente a un inspector de policía que mira una plaza tras los cristales de un balcón, y que buscando a un asesino de niños va por las tardes a las salidas de los colegios y a los parques donde rondan los pederastas. Pero la cosa no llegó mucho más allá, y además por entonces a mí empezó a apasionarme un tipo de literatura ajeno a la novela, pero no a la narración, términos que en España suelen confundirse, pero que en las letras anglosajonas, sobre todo en las norteamericanas, disfrutan de espacios claramente definidos e igualmente respetables. Entre otros muchos libros, las Memorias de un niño de derechas, de Francisco Umbral, y This boy´s life de Tobias Wolff, me ayudaron a imaginar el tono y la materia de una confesión personal que debería sostenerse sin el andamiaje de una trama novelesca. Enseguida, algún crítico dictaminó afectuosamente que ya no se me ocurrían argumentos de novelas, y que, presionado por las exigencias comerciales, había tenido que improvisar aquella cosa indisgesta sobre la mili. Lo peor de la malevolencia literaria española es que suele ir mezclada a la falta de lecturas.

Terminada aquella memoir (es curioso que esa palabra, frecuente en inglés y pronunciada siempre a la francesa, no se usa en la literatura francesa), me apeteció muy fuertemente escribir por fin una novela. Una novela de verdad, quiero decir, sin contaminaciones de autobiografía, una novela con todas las de la ley, con muchas peripecias y puntos de vista, con historias cruzadas. Y con la apetencia volvió el recuerdo de los antiguos recortes y de las anotaciones de años atrás. Un día la imaginación descubrió el pasado de ese vago inspector onettiano; otro, paseándome por el Retiro, vi como en un fogonazo su posible final, el origen de su vergüenza. Un paso definitivo fue ver los lugares en los que iban a suceder las cosas. Yo había pensado ambientar la novela en Granada. Pero se me ocurrió que su espacio debía ser otro, una ciudad cuyo nombre yo no necesitaría decir para que algunos de mis lectores la reconocieran. Tampoco lo diré ahora.

Empecé a escribir, logré más o menos la primera página que ahora va a conocer el lector, abandoné, visité por casualidad y en circunstancias dolorosas una residencia psiquiátrica regentada por monjas. Me volvieron recuerdos de aulas infantiles, y en lo que escribía empezó a aparecer la misma lluvia que escuchaba mientras estaba escribiendo, la lluvia magnífica de invierno en que por fin terminó la sequía.

Todo fue entrando en el libro: sin premeditación, sin mucho esfuerzo, dejándome llevar, inventando cosas, conexiones, dibujando perfiles de personajes, algunos de ellos retratos que intenté del natural. Pura alegría. Hubo páginas, capítulos enteros, que fueron muy dolorosos de escribir, porque había que escribir sobre cosas atroces, pero también hubo otros en los que la bondad aparecía sin que yo lo hubiera calculado, en el modo en que un padre aprieta la mano de su hija, o en el momento en que un hombre ve por la calle a la mujer de la que acaba de enamorarse.

De todo eso está hecha la novela: también del miedo y de la sinrazón de cada día, de los hechos de la vida diaria. Es más larga de lo que yo imaginé al principio, pero me ha ayudado mucho a vivir, me ha hecho compañía cada tarde, a la hora de escribir, que es una hora que se nos va imponiendo por sí misma en cada libro, y que para mí, en éste, era la del principio, del anochecer. Busqué lugares, conversé con policías, con jueces, con abogados, con testigos atónitos del horror, leí sumarios, miré álbumes con fotos de delincuentes. En la triste actualidad de cada mañana encontraba rostros, indicios sobre lo mismo que yo estaba escribiendo.

Ahora, terminado todo, me siento a esperar. Una calma me queda: la de haber disfrutado escribiendo este libro como si fuese el primero, la de haber puesto en él todo lo que tengo, lo que soy. Aunque sea malo, no voy a sentir remordimiento. Creo que es el mejor libro que yo podía escribir. (vía La Nación)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: