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Abecedario de los vinos fantasmas. M-P

corkscrew different types

De Montsant a Mendoza, de los vinos de porto a los cabernet del Maipo, de Juan Carlos Onetti a Matías Michelini, nuestro editor Jesús Nieves Montero sigue repasando etiquetas y lecturas en este abecedario

M

Montsant. Una noche de un sábado enero de 2013 caminé las pequeñas calles de Vilanova i la Geltrú con mi amigo el importador de vinos César Martínez. Nos fuimos deteniendo en algunos locales que se negaban a cerrar pese a la recesión y al frío. Alguna copa de cava y trozos de quesos y embutidos y seguíamos caminando. La idea era tratar de mantenerme despierto hasta la hora apropiada de dormir y así tratar de combatir el jet lag ya que había llegado desde Caracas a primera hora de la mañana. En una de las paradas se servía por copa un tinto de Montsant y los amantes de Priorat que no tenemos presupuesto ilimitado, al mismo tiempo que nos enamoramos de los suelos de licorella nos fascinamos por esta denominación en forma de herradura que rodea al Priorato. Tomé el vino y me gustó, conseguía en él esa oscuridad de la garnacha y esos toques minerales que los hacen vinos exquisitos para tomar solos. Como invitado de César no me animé a pedir una segunda copa y tal vez por eso mismo no pensé en anotar el nombre del vino y como ya no tenía batería en el teléfono celular tampoco pude tomar la foto. Dejamos el pueblo, me fui a dormir con el buen recuerdo del vino, todavía en ese viaje quedaban pendientes Zaragoza, Campo de Borja y Madrid. Supe que era un error no haber anotado el nombre. En 2014 volví a Europa y la penúltima parada de mi viaje fue Barcelona, por lo que cava, Montsant, Empordá y Priorat eran prioridades al memento de seleccionar el vino de cada día. Terminé hospedado al lado de una sucursal del Corte Inglés y una noche llegué a la zona del hotel sin cena y con ganas de pan, vino y embutido. De aquel vino de un año y medio antes me quedaba una ligera imagen de su etiqueta. Busqué el pan de espelta, rebanadas de paleta de cerdo ibérico y caminé hacia los vinos. Mucho rioja, mucho ribera. Seguí hasta los vinos catalanes y sin demasiada ceremonia mis ojos se anclaron en la etiqueta: Ètim Grenache Old Vines. La luz contundentemente blanca le quitaba solemnidad a mi hallazgo pero lo había encontrado. Fui al hotel, descorché y aunque me había prometido tomarme sólo la mitad de la botella la terminé entera porque sentí el frío, sentí el sonido de los zapatos sobre las calles empedradas, sentí que era un año y medio más joven y sentía que si dejaba vino para el día siguiente esa magia de cuento de hadas se acabaría.

N

Navidad. Lo que la expectativa de los regalos era en la infancia lo son los vinos seleccionados para la noche del 24, cuando tradicionalmente se hace la cena familiar en casa. Lo primero es que descartamos la “comida típica navideña”, en particular hallacas, ensalada de gallina y pan de jamón que quedan como menú del 25 de diciembre y el 1ero de enero. Además, tradicionalmente servimos algún plato de carne de res. En los últimos años lomito horneado en su jugo, lomito Wellington y asado han sido algunos de los principales. Por lo tanto, suele ser noche vinos vigorosos, en particular de cabernet. Rápidamente pienso en un Cabo de Hornos 2003 que abrí 10 años después de su cosecha, en un Sideral de Viña Altaïr o en el Clos Apalta 2005 descorchado en 2014. Son noches de explorar los efectos de la evolución de color, de notas tejas o caoba en la copa, de dejar respirar los vinos en la copa, de dejar la última copa para comentarla al final de la comida mientras los niños abren los regalos. La elección de los vinos comienza a veces en el mismo momento cuando estoy frente a la botella en una licorería, pienso que podría ser ése y entra en la vinera, en cualquier momento del año, para reposar a ver si será uno de los vinos de Navidad. A medida que llega noviembre comienzo a anticipar lo que quiero del vino esa noche: que me impacte, que me acaricie el paladar, que me sorprenda, que gane a mis intentos analíticos por un factor sorpresa o por una complejidad que se vaya tejiendo a medida que lo voy probando. Por supuesto son todas hipótesis basadas en mis registros sensoriales del vino o si no lo he probado en lo que recuerdo haber leído sobre él. Pero me gusta apostar a que la elección de cada año cumplirá exactamente con lo que aspiraba o que si se desvía, es una causa más de placer. Una vez que está hecha la elección sigo la cuenta regresiva para esa noche y el servicio pero de antemano comienzo a imaginar futuras Navidades, con vinos que siguen en la vinera porque no fueron elegidos o con nuevos vinos con los que me toparé o que alguien traerá a casa y los seguiremos disfrutando. Es la bruma de los rituales que se han ido forjando estos años con otra que parece venir en sentido contrario desde los años por venir. No me abrumo en pensar en el “aquí y el ahora” porque cuando el vino está servido y lo veo y lo respiro y lo pruebo no necesito filosofía alguna para anclarme en ese momento pero me gusta disfrutar también de esa idea de que alrededor hay tantos y tantos vinos que espero llegar a disfrutar.

O

Onetti, Juan Carlos. Alguna vez el novelista español Antonio Muñoz Molina dijo que para la construcción de la historia de Plenilunio se ocupó de “imaginar onettianamente” a un policía que sería su protagonista. Con Onetti imaginar es siempre desdoblarse. ¿Quién es Brausen? ¿Quién es el doctor Díaz Grey? ¿Quién es Baldi? ¿Quién es Blanes? Son unos fracasados que se multiplican en seres con algún tipo de logro exagerado o extravagante pero que en algún punto tienen que enfrentarse con su mediocridad y, también, en el fondo, son uno sólo y todos los nombres, afanes, oficios y ambiciones no eran más que un juego de espejos. Pienso entonces en Mendoza, 2012. Veníamos de Buenos Aires, Salta y Neuquén. Me había propuesto no deshacer el equipaje en ninguna de las paradas anteriores para evitar las incomodidades de reacomodar todo antes de proseguir viaje. Esto se interrumpió en Mendoza. Cuando llegué a la amplia habitación del hotel DIplomatic me apropié de cada espacio. Un lugar en el escritorio para la laptop, camisas y chaquetas en ganchos en el clóset y la ropa en las gavetas. Incluso la ropa recién quitada sobre la silla. Tenía una réplica de mi casa. También en Mendoza tuvimos las primeras jornadas sin el sobresalto de ir de bodega en bodega. Era extraño no escuchar las voces de Giovanni, Basilio y Antonio con quienes conversaba permanentemente. Fue entonces cuando decidí caminar por los alrededores del hotel e imaginé, mientras recorría, que caminaba onettianamente. Que era yo en ese momento pero también era yo el que estudiaba en la Universidad Metropolitana Ciencias Administrativas Opción Gerencia, que era yo el que escribía guiones para el programa de consejos para el hogar de Rebecca Rincón o era yo el que caminaba de la mano con mi padre en 1987 por las calles de Santiago de Chile –el ambiente me lo hizo recordar- y él insistía preguntarle a la gente por Augusto Pinochet y nadie le respondía. Fue una caminata sin revisar mapas, puntos de interés, nada, sólo pasos para salir de la rutina del escritor de vinos en la gira de Wines of Argentina. Ni siquiera fue tan larga porque debíamos prepararnos para una cena en la que conocería a Roberto de la Mota, Susana Balbo y si corríamos con suerte a Michel Rolland que estaba por llegar a la ciudad. Pero como en todo relato de Onetti mi paseo por los recuerdos, por esos fantasmas de los que ni hablo ni escribo por falta de tiempo y exceso de realidad cotidiana, hubo un corte que me hizo volver a quien era: una tienda de vinos. Entré y miré con cierta indiferencia las etiquetas, llevábamos casi dos semanas de maratones en los que hubo jornadas de 30 o 40 vinos por día. Pero apareció la botella del bonarda Montesco de Matías Michelini de su proyecto Passionate Wines. Regresé rápido al hotel, lo descorché y me serví la primera copa. Bonarda como nunca antes había probado, la fruta roja voluptuosa pero con la acidez correcta, muy elegante pero con aristas que recordaba que más que producto de ecuaciones rígidas con base en lecturas de instrumentos de medición, éste era un vino con el alma de un tipo que quería decir cosas a quien lo bebiera. Cuando estaba por tomarme el sorbo final recordé la última oración de Un sueño realizado: “lo comprendí todo claramente como si fuera una de esas cosas que se aprenden para siempre desde niño y no sirven después las palabras para explicar.”

P

Porto. La facilidad con la que al hablar de estos vinos fortificados portugueses se refiere uno a 10, 20 o 30 años nos arroja a un flujo paralelo de tiempo que nada tiene que ver con nuestras vidas pero que permiten explicar perfectamente lo que se encuentra en esas botellas. Desde el púrpura de los portos más jóvenes a ese marrón caramelo opaco de los muy añejos, servir una copa de porto es verter el tiempo en una copa. Dejarse encantar por los aromas de frutos secos tostados, por las notas dulzonas y pensar tal vez en un queso de sabor intenso o piel de naranja confitada cubierta de chocolate. Y, sobre todo, tener la certeza de ser un tan grande vino que pueda sorprender incluso después de una intensa sesión de botellas excelentes. Era junio de 2014 y me invitaron a presentar en una reunión privada seis etiquetas diferentes de champagne. Comenzamos con la acidez y austeridad de Esterlin, la expresión jovial de chardonnay de Taittinger brut, la complejidad de Laurent Perrier brut. Abrimos una botella del brut de Louis Roederer que lamentablemente había dejado atrás su esplendor, volvimos a Taittinger con su rosé de amplios sabores desde frutos rojos hasta destellos de cacao. Y una vez más Taittinger con su Comtes de Champagne blanc de blancs que comienza en flores y manzanas con su marcado volumen en boca y cierra con especias y frutos secos. En la mesa, foie y ostras. Con la última copa de Comtes, chocolate Valrhona. ¿Cómo se puede continuar una velada así para no hacer abrupta la despedida? Fue cuando uno de los anfitriones trajo la media botella de Bin 27 de Fonseca. Servimos y todo fue fruta negra, canela, placer y un delicado calor que contrastaba con las temperaturas de las burbujas anteriores. El champagne no quedó opacado. El champagne no fue olvidado. Las impresiones de cada copa se volvieron como cuadros en las paredes de una galería en la que en el centro, como un tótem, quedaba, sola y vigilante, esa botella de porto que no sólo no se dejaba intimidar por la majestuosidad del champagne sino esperó agazapada, sigilosa, su momento.

port wine fonseca tawny ruby

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