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La dignidad de la novela, Javier Cercas

La dignidad de la novela, Javier Cercas soldados salamina

El escritor de la premiada novela Soldados de Salamina ofrece su visión acerca del género novelístico

Lleva razón Juan Cruz: en este país sólo generan polémica los artículos ilustrados por nombres propios. Pero también la lleva en otra cosa: en que el artículo de Vicente Verdú, ¿Vivir o leer novelas? (EL PAÍS, 5 de julio de 2001), podría dar pie a “una fructífera discusión civilizada”, y no sólo porque son las ideas interesantes -no las inanes- las que incitan al debate, sino también porque, si no me engaño, la posición de Verdú refleja bastante bien, con todos los matices que se quiera, un estado de opinión que empieza a no ser minoritario. Añadiré que la discusión que sigue no aspira a ser fructífera -aunque sí civilizada-: sólo pretende razonar una discrepancia.

Para empezar, con el título: ¿Vivir o leer novelas? Comparto la duda del interrogante, pero no la disyunción: leer novelas y vivir no son actividades contradictorias, sino precisamente complementarias. De hecho, lo primero que aprende el buen lector de novelas es que leer es vivir más, porque es de algún modo vivir todas aquellas vidas que no hay posibilidad o tiempo de vivir. Quien objete que una cosa es la experiencia vital y otra la literaria olvidará que toda experiencia literaria es también una experiencia vital, no menos intensa o verdadera que aquélla. Si le entiendo bien, Verdú sostiene que el lector de novelas al uso es un sujeto que compensa la grisura de su vida con la brillantez embustera de la ficción, mientras que cada vez hay más gente cuya apasionante biografía -“cambiante, de empleos nómadas, de residencias portátiles, de amores mutables”- no reclama el sucedáneo compensatorio de la novela. Ignoro la vida que llevan Verdú y sus amigos; debo confesar que la mía no da para tanto, ni por supuesto para pelear en las barricadas de París o extraviarme en Waterloo o Borodino, ni para enamorarme con el encarnizamiento suicida de Emma Bovary o perder tantas guerras como el coronel Aureliano Buendía. Comparto la desconfianza de Verdú ante la máxima que al parecer tiraniza el proyecto de tantos novelistas, según la cual el propósito de una novela es contar una historia (una perogrullada que sólo deja de serlo si se añade que la novela puede e incluso debe hacer otras cosas), pero no entiendo por qué afirma que eso pueden hacerlo mejor la televisión o el cine o el cómic.

Yo creía que ésta era una discusión zanjada hace tiempo: lo que ofrece el cine es de naturaleza distinta de lo que ofrece la novela, igual que es distinto lo que ofrece el cómic de lo que ofrece la televisión. De lo contrario deberíamos resignarnos al absurdo de pensar que -digamos- Clint Eastwood es superior a Cormac McCarthy o Berlanga superior a Marsé. Por lo demás, también el cine -como la televisión o el cómic- puede e incluso debe hacer otras cosas.

Pero las discrepancias no acaban ahí. Dejemos de lado la afirmación de Verdú de que, “en países con sentido crítico actualizado”, la novela anda de capa caída, cosa que según mis noticias no ocurre en el Reino Unido ni en Estados Unidos ni en Italia ni en Alemania (sospecho que el caso de Francia es distinto, aunque cada vez menos), países todos ellos en los que, hasta donde alcanzo, la novela goza de una salud de hierro.

Más relevante me parece otra cuestión. Sostiene Verdú que “casi todo lo interesante que puede ofrecer hoy una novela pertenece a otro género” y que, por tanto, la novela carece de estatuto propio, diferenciado de los demás géneros. Coincido en la segunda parte del argumento; no en la primera: si es cierto que el estatuto propio de la novela es carecer de estatuto, ello no es un defecto, sino el rasgo esencial de un género que se define por su carácter casi infinitamente proteico, por su capacidad casi infinita para asimilar todo lo asimilable; de ahí que me parezca más exacto darle la vuelta a la frase de Verdú y afirmar que casi todo lo interesante que pueden ofrecer los géneros literarios debe tarde o temprano pasar a pertenecer a la novela.

Ésta es, desde su mismo nacimiento, un territorio de aluvión. Como se sabe, una de las genialidades de Cervantes consiste en fagocitar las diversas modalidades narrativas de su época para crear un artefacto cuya asombrosa originalidad deriva en gran parte del hecho de constituirse en una verdadera enciclopedia de los géneros literarios coetáneos. La novela moderna nace, pues, como un género de géneros; es decir: como un género degenerado. Este origen plebeyo, del que tarda en enorgullecerse casi tres siglos -los que median entre su nacimiento y la adquisición de un lugar parejo al de los demás géneros literarios canonizados por la tradición clásica, como la poesía o el teatro-, es su estigma irredimible; también su principal virtud: a la maleabilidad que confiere al género se debe el hecho de que ciertas crisis de crecimiento fundamentales en su historia -alguna de las cuales ha acabado provocando una alteración en el paradigma dominante- hayan sido propiciadas o se hayan resuelto por la vía de la asimilación de géneros adyacentes, ya sea la historia, la poesía o la filosofía.

Recientemente la crítica ha subrayado con razón el carácter híbrido -derivado de una peculiar y variable mezcla de elementos reales y ficticios, así como de la incorporación de materiales y procedimientos característicos de otros géneros- de algunas novelas españolas, y no sólo españolas, publicadas en los últimos años; el hecho -ya lo he advertido- no es una novedad, y sí quizá el síntoma de una cierta incomodidad o desazón respecto del modelo literario dominante y, por ello mismo, de la vitalidad del género. Que tal coincidencia de títulos no constituya más que una coincidencia o que, por el contrario, anuncie o prefigure un cambio de paradigma en la novela dependerá únicamente de la voluntad y el talento de los novelistas. De los buenos novelistas, quiero decir. Porque la novela sólo va a donde ellos la llevan.

Y ahí está el problema: el problema no es el género, sino los generadores; no la novela, sino los novelistas. Aquí Verdú coincidirá conmigo: al fin y al cabo, hechas las sumas y las restas, el suyo no es un alegato contra la novela, sino contra las malas novelas. En este punto hay que hilar fino. El catastrofismo goza de mucho crédito; cimienta carreras: si un novelista sentencia que la novela española de los últimos veinticinco años es en su mayor parte ilegible, no sólo regala un titular irrechazable, sino que además se propone sutilmente como maestro en el erial. Sin embargo, no es triunfalismo afirmar que la calidad de la novela española en los años ochenta y noventa ha sellado un pacto, por otra parte inédito en nuestro país, entre la novela y el público, hasta el punto de que ya no extraña a nadie que algunos de nuestros mejores novelistas -Marsé o Mendoza, sin ir más lejos- se encaramen a los primeros lugares de las listas de libros más vendidos. Las consecuencias positivas que ha acarreado el hecho -entre ellas la masiva profesionalización del novelista- son notorias: acaso en los últimos tiempos se estén volviendo más evidentes las negativas.

Me pregunto si, acuciados por las urgencias de la industria editorial o simplemente por el afán de seguir en el candelero, no estaremos dando por buenos productos inmaduros o insuficientes, indignos del prestigio de la letra impresa o, peor aún, de nuestro talento, y no estaremos olvidando aquella máxima sin apelación según la cual a un escritor se le reconoce antes por lo que tira a la papelera que por lo que publica. Me pregunto si no estaremos incurriendo en el peor pecado que puede cometer un novelista: la autoindulgencia. Puede que sea eso lo que detecta Verdú, como lo detectan los lectores cada vez más numerosos a quienes la pereza de los novelistas autoriza a romper el pacto que mantenían con ellos y a pasarse a la no ficción. Incluso puede que también sea eso lo que detectan esos nuevos sacerdotes de la Verdad -con mayúsculas, por supuesto- que empiezan también a pulular entre nosotros y que, frente al infantilismo escapista de la ficción, propugnan la valiente mayoría de edad de lo real. Tales argumentos apenas merecen consideración (para refutarlos bastaría con recordar que el escritor no busca la belleza, sino la verdad -suponiendo que ambas sean cosas distintas-, sólo que la verdad del novelista no es la verdad de los hechos, sino una verdad moral o, por así decir, poética, y recordar también, si es preciso, que Aristóteles decretó la superioridad de la poesía sobre la historia, porque aquélla habla de lo general, mientras que ésta lo hace de lo particular); apenas merecerían consideración tales argumentos, digo, si no fuera por la actitud que, a menudo sin saberlo, delatan.

Más de uno maliciará que ésta transparenta la voluntad de ciertos practicantes en ocasiones muy competentes de otros géneros -que, es cierto, a veces tampoco desdeñan ensayar con mayor o menor fortuna la novela- de rebajar el cuasi monopolio de la atención del lector mayoritario de que goza el novelista. Yo no lo creo: no creo que sea un problema de cuota de mercado, y menos viniendo de quienes no dejan de denigrar ante las cámaras la perversa propensión del novelista a abrirse paso a codazos para chupar cámara. No: la razón de que estos detractores de la novela recaigan en argumentos sospechosamente similares -cuando no idénticos- a los que vienen usando desde el mismo nacimiento del género teólogos, moralistas, comisarios políticos e inquisidores de variado pelaje es sin duda que la pereza o la negligencia de los novelistas -tal vez aliada a la suya propia- les ha llevado a olvidar que el propósito de toda novela digna de tal nombre no es el escamoteo de la realidad, sino su análisis, pero sobre todo su impugnación. Porque, como demostró para siempre Cervantes y ha argumentado Vargas Llosa hasta la saciedad, en el corazón de toda novela capaz de construir un mundo tan persuasivo como el real late siempre un gesto de insubordinación contra lo establecido y, en la medida en que postula una realidad distinta de la real -una realidad imaginaria-, también una rebelión contra la realidad misma, contra sus ultrajes, estrecheces y deficiencias. Que los novelistas españoles no estemos siempre a la altura de las exigencias es sólo culpa de los novelistas, no de un género cuyo impulso germinal no es de sumisión o aquiescencia, sino de libertad. Tal vez sea en él donde radique toda la dignidad de la novela. (vía Club cultura)

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