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El fútbol en la literatura y la literatura del fútbol

El fútbol en la literatura y la literatura del fútbol

El periodista y escritor Daniel Fermín comenta en este artículo del diario El Universal acerca de la relación entre el balompié y las letras

Albert Camus dijo que todo lo que sabía se lo debía al fútbol. Andrés Neuman también contó que de no ser escritor hubiese sido futbolista. Tanto el Premio Nobel francés (que fue portero titular en su juventud en Argelia) como el autor argentino son sólo dos de la miríada de literatos apasionados por el balompié. Que el fútbol también se cuenta, claro está.

La relación entre el fútbol y la literatura es de vieja data. Ahí está Horacio Quiroga, que a principios del siglo XX escribió un relato basado en Abdón Porte, un jugador uruguayo que se suicidó en el círculo central del estadio Centenario de Montevideo. Ya escribió el argentino Alejandro Dolina que «en un juego de fútbol caben infinidad de novelescos episodios».

También hay casos poéticos. Pablo Neruda, por ejemplo, incluyó el poema Los jugadores en su libro Crepusculario. Después vinieron más: Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Ernesto Sábato, Roberto Fontanarrosa, Augusto Roa Bastos, Rubem Fonseca, Roberto Bolaño, Alfredo Bryce Echenique, Camilo José Cela, Manuel Vásquez Montalbán, Javier Marías, Eduardo Galeano, Osvaldo Soriano, Juan Villoro, Martín Caparrós. O mujeres como Silvia Lago, Liliana Heker y Laura Restrepo. Un cúmulo de narradores que patea el balón en sus relatos.

Ya Galeano confesó en El fútbol a sol y sombra que sólo jugaba bien de noche, mientras dormía. Villoro dijo algo parecido en Dios es redondo. El mexicano, alguna vez, intentó ser futbolista. Como muchos otros. «Todos los escritores, a excepción de (Jorge Luis) Borges, son unos futbolistas frustrados. El fútbol ha inspirado las mejores páginas de la literatura contemporánea», aseguró Rodrigo Blanco Calderón, autor del cuento La malla contraria, que forma parte de su primer libro: Una larga fila de hombres.

Autogol

La referencia a Jorge Luis Borges ya es común en la relación fútbol-literatura. El bonaerense odiaba el balompié. Tanto, que cuando Argentina le ganó a Holanda en la final del Mundial de 1978, el escritor organizó una charla para hablar del filósofo holandés Baruch Spinoza. Fue el mismo día y a la misma hora del juego. «¿Acaso alguno de ustedes piensa que ser de Argentina es mejor que ser de Holanda?», dicen que le preguntó a los asistentes.

Borges era de los que atacaba al fútbol. De los pocos que lo han hecho de forma pública. Que era «una cosa estúpida de ingleses (…) Un deporte estéticamente feo: 11 jugadores contra 11 corriendo detrás de una pelota no son especialmente hermosos», dijo el poeta. Como él, el británico Rudyard Kipling, que en 1880 llegó a decir que detestaba el juego y a «las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los idiotas que lo juegan».

Así, algunos juegan, otros hablan, otros escriben. Incluso, el propio Borges, junto con Adolfo Bioy Casares, escribió un cuento (en 1967) en el que advertía sobre el poder de las cadenas televisivas sobre el fútbol. Fue con la llegada de la televisión que el balompié ganó notoriedad entre escritores. «Antes, con la radio, toda invención era posible. Los últimos grandes locutores fueron los de la radio, que inventaron una realidad alterna que se reproducía en los estadios y en las tertulias», dijo Juan Villoro en una de las múltiples charlas que ha dado sobre el tema.

Ahora, esas historias futbolísticas se relatan en la literatura. «El fútbol está ligado a la memoria infantil: los recuerdos del barrio, las actividades con el padre, las visitas al estadio. El escritor que tenga un mínimo de atención encontrará ahí un tema de interés», aseguró el venezolano Jesús Nieves Montero, autor de Miércoles, 2:00 p.m., un relato que publicó en el sitio web Prodavinci. Ya lo había dicho Javier Marías: «El fútbol es la recuperación semanal de la infancia«. Un deporte que tiene quien le escriba.

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