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Miércoles, 2 p.m., Jesús Nieves Montero

Relato de este joven escritor venezolano

A Maybell

Cuando terminó la amputación y todavía con la conmoción que siempre le producía el olor a chamusque del cauterio contra la carne, el residente miró sobre la cabeza de su instrumentista y sintió la obligación de decir algo porque desde que lo vio por primera vez, lo había sentido inexplicablemente cercano, pero ella se adelantó: —¡Y pensar que ni siquiera era dueño de la moto!

El compromiso del paquete vascular de la pierna derecha era brutal y aunque se lo pensó mucho, tuvo que amputar. Al menos seguiría vivo. No había sudado tanto, terminó por ser un procedimiento sencillo. Además, extrañamente, el aire acondicionado en el quirófano funcionaba después de unos cuantos meses de intermitencias con diversas excusas técnicas o presupuestarias.

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Al día siguiente, el amputado levantó la sábana gris polvo y allí estaba el muñón: sin levantar la cabeza, sin dejar que el entorno se entrometiera en aquella ceremonia, pero, a la vez, como si ofreciera aquella mutilación a quien quisiera apropiársela, se quedó mirándola.

Estiró el brazo derecho y subió la palangana de agua y comenzó con precisión a frotar a la altura de donde hubiera estado la rodilla si su pierna existiera, mojaba el cubrecama, empapaba el colchón, más agua, limpiaba, cuidaba, regaba.

El residente pasó por la cama antes de entregar la guardia y vio al hombre tan concentrado que prefirió dejar la cura a su compañero y salió del hospital entre bostezos, pensando en dormir unas horas, en los cupones en los que mentalmente dividía su sueldo, de unos cincuenta mil bolívares, combinables para dar coherencia a su presupuesto: dos cupones para pagar internet, uno para comer fuera una vez a la semana, unos cinco para ver si se mantenía al día en el plan de compra programada y renovaba el carro, y lo que haría si tuviera algunos cupones más. Luego repasó las películas que le faltaban por ver de la cartelera, el sorteo de las guardias del 24 de diciembre y el primero de enero, las vacaciones, la especialización, el aire acondicionado del quirófano, los depósitos incompletos y mezquinos del sueldo mensual que desbalanceaban su sistema de cupones y cómo el resto de los graduados en su promoción ya estaban en los consultorios de sus padres o en clínicas a un paso de la ilegalidad en las Canarias o en Madrid o en Boston o en Washington o incluso en Buenos Aires. ¡Coño! Recordó a su instrumentista: ¿Quién quiere quedarse en un país donde le disparan a un perrocalentero para robarle una moto que no es de él?

*

Nicolaso pasaba tres meses en la finca ayudando a Fulgencio Gallardo, desaparecía y luego volvía a trabajar. Se habían acostumbrado a dejar el chichorro a medio colgar cuando partía: los dos extremos colgaban de una sola alcayata, enrollado, arrinconado, hasta que regresara el propio Nicolaso y lo acomodara a su gusto.

Fulgencio era tosco y mudo como una piedra de camino, salía muy temprano sin paciencia para llevar a Pedro, sin calma para explicar nada, si le seguía el paso lo podía acompañar, sino mejor se quedaba. Pedro se acostumbró a esa relación, a esa distancia. Igual, siempre estaba Nicolaso.

La primera vez que vio una de aquellas cruces, su padre quería ganarle a un chubasco y avanzó, a machetazos a un lado y al otro, hasta volverse una cabeza de alfiler bajo el azul que comenzaba a ser alimento de un gris feroz que venía desde la izquierda, y él se quedó rezagado mirando la cruz. Nicolaso se detuvo a su lado:

¿Y esto? No pregunte, muchacho ‘el carrizo ¿De quién es? Mire, Pedrito, usted no pregunte, pero fíjese: ¿ve nombre? ¿No, verdad? No pregunte, Pedrito, pero rece mucho, mire que los muertos que uno encuentran son de uno por quince noches.

Varias veces encontró las cruces y ellas fueron las culpables de que Pedro se aprendiera el cielo del llano, aquel cielo como un charco al revés, contenido por una lámina invisible, estático, sobre él, sobre su chinchorro colgado de las vigas del frente de la casa a medio hacer en la finca donde trabajan sus padres, el frío en el invierno lo atacaba quirúrgicamente en el abdomen y tenía que levantarse al menos tres veces a orinar y veía ese estanque quieto sobre él, con los reflejos de unas pocas estrellas como sembradas, y entonces terminaba, a pesar del sueño y las lagañas, abriendo los ojos y mirando, como años después aprendería a ver a Carmen, ese cielo, minutos después que la última gota hubiera tocado la tierra y cuando ya el río que había formado iba a morir en alguno de los bordes con grama alrededor de la casa y ya uno de los perros o uno de los caballos, ladraba, relinchaba.

Cuando dejó la finca y regresaba sólo de visita no siempre coincidía con Nicolaso, pero Neila le contaba que había vuelto y señalaba el chinchorro. Un día regresó y vio el rincón donde lo guardaban y las alcayatas vacíos. Nadie le explicó y él no quiso preguntar. Lamentó no haberse despedido de Nicolaso.

*

Dejaron de ser el residente y el perrocalentero para convertirse en el doctor Reyes o Reyes y Pedro Gallardo o Gallardo. Reyes siempre pasaba a verlo, pero Gallardo era de bajo mantenimiento. Él mismo, con la ocasional ayuda de una enfermera, se hacía su cura y se quedaba en la cama mirando hacia el pasillo. Reyes saludaba y seguía y se preguntaba cuándo presionarían para que desocupara la cama. ¿Qué sería de Gallardo? ¿Se puede ser perrocalentero con una muleta y una pierna?

Un día, fuera de la guardia de Reyes, alguien pasó y dejó sobre la cama un bolso: un par de franelas, un walkman, unas cuatro cintas y unos recortes. Una enfermera se enteró que era de su pensión, todo su equipaje. Gallardo estaba instalado en el hospital. Miraba el pasillo, escuchaba las cintas, el sonido del walkman indicaba que ese lado del casete había acabado, cambiaba y continuaba. ¡Ah, Pedrito, ni televisión había esa tarde! ¡Ni una fotico tuya solito!

Romay Ugarte: Minuto ochenta y cinco. La maneja el Tractor Gerson Díaz, el número ocho del Caracas que la conserva en zona de volantes y el campeonato que se aleja, Gerson con Gaby Miranda, el camiseta diez que levanta la cabeza y no hay nadie en el frente del ataque, pase retrasado al Tractor en posición de cinco, Gaby que se pega a la línea derecha, Gerson con Gaby, Gaby con Gerson, para ti y para mí, tuya y mía, Gaby que hace la pausa, Gallardo que se proyecta, Gerson que hace la diagonal, vienen dos jugadores del Minervén a hostigar a Gaby, Gabriel Antonio Miranda que avanza ante la mirada de sus marcadores, Gaby que levanta la cabeza y levanta la pelota, viene el centro al área, está bañado el central, puede venir el gol, balón a media altura para Gallardo y goooooool…. gol, gol, gol, gol, gol… goooooool de Pedro Gallardo, minuto ochenta y nueve, Caracas uno, Minervén cero…

Cristóbal Guerra: Amigos, tanto va el cántaro a la fuente hasta que se rompe. Cuando el partido ya estaba próximo a fenecer, en sus minutos postreros, cuando los Rojos del Ávila se tragaban su orgullo y preparaban las maletas de la desilusión, la suerte de los campeones les sonríe; en pocos pases Gerson Díaz y Gaby Miranda abrieron la caja de Pandora, le encontraron la manija al partido y la pierna derecha de Gallardo, derecha bendita del jugador llanero, aparece y estremece las redes: un golazo que se clava como un cuchillo en las gargantas de los jugadores y el cuerpo técnico de Minervén, es uno a cero para el Caracas FC, en estos momentos, campeón del torneo con menos de un minuto por jugarse.

Romay Ugarte: … y se aprestaba Minervén para una última jugada de ataque cuando el hombre de negro ha hecho sonar el silbato una, dos y tres veces, para darle esta victoria al Caracas, el nuevo campeón del fútbol profesional venezolano…

Los días no se contaban en la finca como días, eran más bien temporadas. Cuando llovía, cuando no llovía, cuando el ganado pastaba, cuando había que buscar la semilla, cuando llegaban las máquinas con sus ruidos, cuando llegaban unos bolívares adicionales después de una buena cosecha, cuando se miraban las caras con los patrones porque hubo inundación y se habían arruinado hasta el nuevo verano, hasta la nueva cosecha.

Cuando mandaron a Pedro a estudiar nunca pensaron en el fútbol, pero Pedro corría, se ensuciaba, corría, se caía y se levantaba y pagaban algo por eso. Y así Pedro comenzó a contar los días como días, aunque fuera porque el equipo no pagaba a tiempo, aunque fuera porque conoció a Carmen, la miró como miraba el cielo, se casaron y nació Richardson y nació Yesenia y había que poner comida en las bocas de todos aunque se viviera en un rancho.

Cada vez había menos razones para regresar a la finca, y cada vez que regresaba una pérdida. Primero volvió y no encontró a Fulgencio. Después fue Neila. Siempre que corría, Pedro creía que estaba en la misma carrera, una línea recta que lo alejaba de la finca de aquellos días, una carrera donde estaba él solo, extrañamente no lo acompañaban ni Carmen ni los niños y él se iba y se perdía y se volvía una cabeza de alfiler bajo el azul del cielo de los llanos.

*

Reyes supo que cuando Gallardo dejaba el walkman por un rato y se empeñaba en tratar de enfrentarse a la muleta y avanzar aunque sea un paso acababa de escuchar otra de las cintas: el Grupo Niche. Gallardo tarareaba “Nuestro sueño”, la paladeaba, estoy viviendo un sueño, sé que vendrás a vivir nuestro sueño, no me cansaré de esperarte, por siempre. Pero allí estaba, varado.

Mirar el ritual con el muñón hacía que Reyes no pensara tanto en las carencias y eso era un descanso, así que se propuso mantener a Gallardo en esa cama. Gallardo ya no podía correr, ya no se alejaba de nada. Estaba estacionado, estancado. Gallardo quería quedarse en esa cama. Nunca había sentido que había llegado a donde tenía que ir hasta ahora.

Todo lo que alcanzó a saber Reyes de Gallardo fue por espionaje o adivinación. Había un pulso: Gallardo no contaría ni explicaría. Reyes debía descifrar, decodificar y entender. Y en los paseos que a veces sugería una enfermera, Reyes se escapaba de algún paciente fastidioso, de una reunión innecesaria, del mal humor de los camilleros y se iba a revisar el bolso de Gallardo y así vio los recortes, el Caracas campeón, el regreso de Gallardo. Y escucho todas las cintas, se dio cuenta del tesoro que guardaba Gallardo y sonreía.

No podía entender lo que decían, pero siempre que coincidían ellos venían hablando, uno soltaba, el otro replicaba, y no se detenían, así que caminaba rápido y se alejaba como si huyera; cada vez que pasaba por el lado de los directivos del equipo, esos hombres de piel blanca como miga de pan, transando palabras que le sonaban a español golpeado por mandarriazos alemanes, bajaba la cabeza, aceleraba y se perdía hacia el campo de entrenamiento. Las carreras sólo eran frenadas por la tensión en la rodilla derecha y podía sentir los ligamentos que tanto cuidaban los médicos estirándose, como si fueran las cuerdas de un arpa infinita, punteadas por uñas muy largas, curtidas, casi negras, hasta que se frenaba y recordaba que tenía que soportarlo todo un día más.

Habían pasado dieciocho meses desde que se había sentado con ellos, había tomado el café en una taza de borde dorado. Diez goles en una temporada con un equipo de segunda división se transformaron en una llamada, un contrato de tres años y buen dinero: no tanto como para una casa, pero sí para un carro usado, las tres comidas, la ropa de Carmen, los útiles y juguetes de los niños. Además, los pagos seguros al final de mes, no esa locura en Portuguesa, donde el dinero aparecía como las lluvias, un par de veces por año. Salieron a celebrar los cuatro y se unió el abogado, Armando Lares, con las carpetas para encargarse de los detalles, pero a Gallardo no le importaba: por primera vez eligió del menú sin ver la columna derecha de los precios. ¡Ah, Pedrito, si te viera Fulgencio, si te viera Neila! ¡Si te viera Nicolaso!

Tres días de compras, de presentaciones y ruedas de prensa hasta el primer entrenamiento. Estiramiento. Calentamiento. Trote ligero. Primera aceleración. Segunda. Descansar un poco en la grama y el caminar parece tranquilo, confiado, sonrisas con los compañeros, un pedazo de grama está levantado, los tacos del botín derecho quedan sujetos, como con soldadura, intenta continuar el movimiento, la pierna izquierda trata de arrastrar la pierna derecha inmóvil, la tensión, un sonido leve, precario, el dolor, la caída al suelo.

Llegaron los exámenes, nadie espera lo peor. “Es un golpe, estamos tomando todas las precauciones”, dijeron los médicos. Rehabilitaciones, masajes, tratamientos. “Es su rodilla, él tiene que tomar la decisión”, comentaban, pero descartando la operación. Después de seis meses la rodilla fue de ellos, un contrato de tres años puede esfumarse y había que conseguir un gol, una asistencia, un gesto que justificara la inversión. En tres meses más comenzó la rehabilitación, a los dos meses un intento de entrenamiento y una recaída. Ya los periódicos dejaban de hablar de él, todo el mundo esperaba que “fuera honesto consigo mismo”, que “se sincerara”, que le “despejara al panorama” al Caracas; llegaban jugadores, se iban jugadores; cambiaron de técnico dos veces; y él permanecía, se enquistaba entre los otros veinticinco compañeros como una verruga vergonzosa.

A lo único que pudo jugar después de la lesión fue a la terquedad: él era terco y recordaba las mulas: si se detenían en medio del camino, se detenían y no había manera de moverlas: soportaban los golpes, los gritos, las pequeñas torturas por instinto, y él también. En eso se había convertido, en una mula, tal vez hubiera complacido a José Visconti llamando a la redacción de Meridiano para confesarse: “Soy una mula. Soy la mula del Caracas”. Se habría sincerado. Pero él era una mula reservada.

A veces, cansado, se echaba de espalda al campo y parecía sentir en su espalda los pasos de los veintitantos compañeros que hacían calistenia, armaban estrategias para tiros libres y saques de esquina, buscaban potencia con carreras cortas o practicaban puntería con la arquería, y veía el cielo. Siempre había configuraciones de nubes que le hacían pensar en humo, en leche derramada, en barbas, en algodón. No era el cielo del llano. Él miraba el cielo y respiraba.

Cuando se cumplió el año, Gallardo llegó muy temprano al entrenamiento, le parecía inútil tratar de hablar con nadie. Se colocó a ras de tierra y fue examinando la grama hasta que consiguió una de las hojas que sobresalía y arrancó la de al lado y las cruzó. ¡Ah, Pedrito, así es cará, su propia cruz! Otro buen titular para Visconti: “Gallardo, el alma en pena del Caracas”. Parecía que los fracasos recientes no eran culpa de los fallos del portero, de las distracciones en defensa, de las malas decisiones del técnico o de la falta de puntería. Nadie negaba eso, pero el gran culpable era Pedro Gallardo.

Todo era culpa de Gallardo, hasta el desastre en su casa. El abogado que se había quedado con casi la mitad de su contrato en cobro por honorarios aprovechaba las jornadas de rehabilitación para verse con Carmen, y un día antes de la nueva pretemporada regresó al apartamentico y consiguió una carta, Carmen ya estaba cansada y Armando, el doctor Lares, la quería tanto y le había dicho que mejor vivieran juntos, sino iba a tener que conformarse con ser la sirvienta de un cojo, los niños estarían mejor, tenía que dejar de pensar en el fútbol, esa pierna estaba podrida y así acumuló razones como si tratara de herir la rodilla y todo lo demás. ¡Ah, Pedrito, como un bastón!

Desde ese día todo fue su cruz en el campo. Trató de recordar, por la posición en relación con las tribunas y la arquería, y el estacionamiento, el lugar exacto de esa cruz sin nombres ni fechas. Y cada día que llegaba la veía y al terminar el entrenamiento –o la observación del entrenamiento- la volvía a ver. ¡Ah, Pedrito, quince nuevas noches!

*

Nunca estuvo muy clara la forma como Pedro Gallardo comenzó a tener el absceso en la pierna y las curas tuvieron que volverse más bruscas sobre ese muñón, pero el doctor Reyes estaba complacido de tener la excusa para que Gallardo se quedara allí, a vivir para siempre y así pensaba menos en el quince, en el último, en una acción en una clínica privada, en los anuncios que buscan médicos para Nueva Zelanda o Australia.

*

Pedro Gallardo estuvo ese domingo, como tantos, viendo el partido desde la tribuna, sentado como un aficionado, aunque ya tenía el alta médica. Cerca de él voló la lata de cerveza, un gesto de ocio de los cien aficionados del fútbol de domingo en la tarde en Caracas. Se suspendió el partido y se impuso el castigo: se jugaría el miércoles siguiente, a puertas cerradas. A las dos de la tarde. Faltaba hora y cuarto para completar el encuentro.

El miércoles llegó. Pitazo inicial a las dos cero uno, dos cero dos. El calor apenas asomaba. Los primeros treinta minutos, para completar el primer tiempo, fueron de trámite. Minervén no ofrecía resistencia ni atacaba, se dejaba estar con la confianza de que ese único punto era motivo suficiente para celebrar. Con un empate el campeonato era suyo.

El segundo tiempo comenzó y apretó el calor. Pedro Febles miró la banca y sintió ganas de dejar su mono de entrenador, buscar un short, invocar a alguna deidad de juventud y entrar él mismo a resolverlo todo. En realidad, sólo contaba con dos mediocampistas defensivos, un central y Pedro Gallardo. Gallardo escuchaba música en su walkman. El calor continuó. Febles pasó por el lado de Gallardo y le dio una palmada en la espalda. Gallardo se levantó, se quitó el pantalón del mono y comenzó el calentamiento mientras el kinesiólogo lo observaba como si cruzara ojos y dedos para alejar una nueva lesión. Febles miraba cómo su línea de ataque corría con desespero a tratar de alcanzar un nuevo balonazo sin sentido e iban consumiendo el combustible que quedaba en esas largas palancas que tenían por piernas.

Febles se acercó a la línea blanca y llamó a su capitán. En la radio especulaban que conversaron sobre táctica, sobre el contragolpe del Minervén, sobre la importancia de la concentración, pero en las decenas de segundo que duró la asistencia a uno de los laterales del Minervén que fingía un golpe para hacer tiempo y antes del regaño del árbitro, Febles se limitó a decir: “Veinte minutos, veinte minutos”. Trató de pronunciar la cifra con naturalidad, sin intención, pero el número mismo era un recordatorio, se juegan veinte partidos, veinte sesiones de noventa minutos de trabajo, más los entrenamientos, más los disgustos, más los lesionados para que todo se decida en veinte minutos, en el mismo tiempo que durará la ducha después del partido, el tiempo que le llevaba el domingo temprano ir de la casa al estadio.

Cuando vino el llamado definitivo, Febles gritó. Gallardo se persignó, pero le pareció poco el gesto, así que dio una última carrera y beso el tartán de la pista de atletismo y caminó, como quien sube a un podio, a recibir las instrucciones de su entrenador. Sin embargo, Febles calló, era evidente que adelante, una de las gacelas negras, Salizú o Safiyanú, aquellos hombres venidos desde Ghana y con pulmones sobrehumanos, ya no podían ni con andadera. Febles y Gallardo se acercaron al línea y al delegado, hicieron las señas y pronto caminó aquella sombra hecha piernas y brazos africanos y salió exhausta del campo: las tardes de miércoles siempre parecerían mucho más calurosas que las de los domingos y ya ese cuerpo se había acostumbrado al clima venezolano.

Gallardo no llevaba instrucciones, pero igual eran los últimos quince minutos de la temporada. Al principio no encajó, era un ánima, defensores y atacantes pasaban por su lado, manchas rojas y azules que parecían atravesarlo. Él fue buscando, buscando, mirando, intentando conectar con telepatía, la que tal vez le hubiera descubierto lo que pasaba entre Lares y Carmen, lo que pensaba Gerson, lo que pensaba Gaby para anticiparse al siguiente pase.

Gaby Miranda, con lo que le quedaba de nervio y como si el cheque tuviera que justificarse con un campeonato mete el centro al área. Gallardo escucha a Neila en la tribuna que bate las palmas, y las golpea, y el descuido de pensar en aquellas manos que igual le daban nalgadas o formaban arepas, casi le cuesta el momento, pero sólo sirvió para que en lugar de cumplir con su primer impulso, saltar a cabecear, a tratar de convertir en resultado aquel arte que nunca había dominado ni en juegos de entrenamiento, la pelota quedara a la altura de su pantorrilla: los ligamentos que lo habían dejado parado durante tantos meses se tensaron y Gallardo aniquiló, apocalípticamente, el mundo a su alrededor y lanzó el empeine de su pie derecho hacia el balón. Y fue gol. Escuchó primero un silbato. Luego los otros tres. Había terminado, Caracas era campeón.

Volteó y vio el concreto que parecía más gris con el sol de la tarde, ni siquiera una escoba ni un bedel, pero allí estaban Nicolaso y Neila, batiendo palmas, y Fulgencio, sentado, mirando el cielo. Pedro Gallardo entró a las duchas, celebró, pero mientras todos hablaban de las primas y los próximos contratos, regresó al campo y fue a buscar el sitio donde había levantado la cruz. Lo calculó contra la portería, contra la autopista, hasta encontrarlo y arrancó un puñado de grama. ¡Ah, Pedrito, de vuelta de entre los muertos!

Luego llegaron las inexactitudes. La vida de Gallardo se fue desagregando. Pedro Gallardo apareció al comienzo de la siguiente temporada con la rodilla maltrecha, golpeada, fue separado del equipo, el contrato expiró y el fútbol se alejó con la misma magia como apareció en su vida, aunque con mayor crueldad. Una noche, borracho, quiso ir a buscar a Carmen en casa de Lares y el tipo, aprovechando sus reclamos en tambaleo, le dio una paliza. Antes de irse, Lares le lanzó un casete, Carmen todavía escuchaba los partidos, todavía los grababa con algo de ilusión. Gallardo acopió todos los bolívares que le quedaron y los consumió en pensiones, cervezas y alguna que otra falda que distraía su soledad.

Sólo llevaba en un bolso del Caracas F.C. una muda de ropa, unos casetes y unos recortes. Se fue a los Andes, se fue a Maracaibo, volvió a San Juan, a Valle de la Pascua, vivió en Barquisimeto ganando para comer un par de días y para comprar un billete de autobús para volverse. En las vidrieras de los centros comerciales vio el mundial del ’98 y por las calles vio derramarse el llanto amarillo brasilero después de la final, logró enamorar a una conserje ecuatoriana para vivir con ella un par de meses justo para ver el mundial del 2002. Barría, cambiaba bombillos y le hacía el amor a aquella masa de carne, tan diferente a Carmen. En aquellas madrugadas oscuras, frías, recordaba haberse aferrado a los más de cien kilos de su anfitriona cuando durante el Argentina-Nigeria tembló por minutos en Caracas y las ventanas vibraron de arriba a abajo con música macabra.

Siguieron los cambios. Gallardo siguió sus viajes. A veces se acercaba a algún estadio donde jugara la vinotinto y veía a la gente con sus franelas y sus gritos, y se quedaba cerca de la taquilla, escuchando las reacciones de la grada, para tratar de adivinar la jugada, los goles marcados, los encajados, el fútbol parecía cercano, hasta que al final veía como se apagaban todas las luces y, si nadie lo molestaba, se quedaba dormido en algún rincón para continuar travesía al día siguiente.

Algunas noches, se levantaba en la pensión de turno y soñaba que se presentaba, afeitado y limpio, para que lo contrataran como asistente técnico en un equipo profesional, él podía inspirar, él podía ser un ejemplo. Escuchaba la cinta y volvía a ser Pedro Gallardo, delantero. Pero luego esa voz única era engullida por una sucesión de ecos y gritos que le describían cómo se burlarían de él, cuánto le dolería, como la sombra de un chubasco imprevisto. ¡Ah, Pedrito, no piense tonterías! Ni siquiera alcanzaría a mostrar los recortes, por si no lo recordaban.

Todo se consumó cuando volvió a Caracas y lo contrataron en el carrito de perros calientes por una miseria al día. Todo se consumó cuando esperaba su autobús después de entregar el turno. Un hombre viene, le pide una moto a su lado, Gallardo explica que no es suya, el hombre la enciende y, antes de irse, dos tiros en la pierna. Nunca volvería a soñar Pedro Gallardo que se alejaba de nada, que podía explicar a nadie cómo jugar al fútbol, que podía levantarse y avanzar. Pero seguía vivo. Vivo para escuchar, vivo para la muleta, vivo para vagar pero igual vivo. Había llegado.

*

Las vacaciones de Reyes lo alcanzaron. Los cupones del bono vacacional no le daban más que para una semana en Margarita, lo demás sería cine y una que otra comida por allí. Le había dicho a Roselín, una de las enfermeras de turno, que sacara a Gallardo a caminar con la muleta. Pedro Gallardo. Lo veía, lo imaginaba y trataba de describir el tránsito que llevaba de los goles a la cama del hospital. Gallardo le recordaba a Vicente Paúl Rondón, al Café Martínez. Pero aquellas eran referencias, Gallardo era diferente: estaba en su hospital, en una de las camas que él supervisaba.

Como no sabía si lo encontraría al regresar, prefirió no esperar. Lo había pensado y repensado, había soñado con ello: a ratos le sonaba maravilloso, luego algo ridículo, algo inútil, un gesto perfecto para dejarlo inconcluso, tenía poco sentido jugar con los cupones, pero se dejó llevar. Fue a la cama, buscó el bolso y sacó la cinta Bass con el rótulo Caracas.

Caminó por los pasillos con una taquicardia que no sentía desde que en el anatómico le entregaron su primer cadáver, desde la primera noche cuando entendió que sólo le faltaba la imposición de la medalla y el título, pero, de facto, ya era médico. Cuando dio de alta al primer paciente y recibió unas conservas de coco como agradecimiento y pago. Cuando, en una habitación de clínica, la mano de su abuela soltó la suya y comprendió que había muerto a su lado y que él estaba sentenciado al mismo destino.

Y comenzó a imaginar a Gallardo con la muleta y Roselín con su acento gocho contando alguna historia de quesos, de cabras o de piñas mientras caminaban al pequeño jardín interno donde se sentaban un rato. Y encontró la puerta de la sala de seguridad del hospital y a Rodríguez, con pinta de incompetente, huraño, presumiendo con su placa de Jefe de Departamento en el pecho, frente al micrófono del sistema de parlantes que resonaba en todos los pasillos, desde donde había escuchado, por primera vez, también con taquicardia: Doctor Reyes, se le solicita en la sala de emergencias.

La transacción quedó en cincuenta mil bolívares y regresar la cinta a la cama del enfermo. Rodríguez encendió el micrófono, colocó el casete y, mirando a Reyes como si le importara que en ese momento pensara que sabía hacer su trabajo, seguir instrucciones y cumplir su palabra, apretó play.

Reyes salió caminando y se sintió vacío, dejó de ser el doctor Reyes para ser un tipo que se prepara a tomar vacaciones, en cuyas venas se bombea sangre muy roja, muy viva y muy caliente, y en la boca lleva una sonrisa porque, en un instante, todo encaja como al final de un rompecabezas de cinco mil piezas y no hay cupones, depósitos incompletos, guardias, aires acondicionados, mejores oportunidades en la antípodas ni muerte.

Mientras tanto, por todos los pasillos, se escuchó que hacía unos catorce o dieciséis años hubo un tal Gaby Miranda y un tal Gerson Díaz que se pasaron la pelota hasta que Miranda lanzó un centro a un tal Pedro Gallardo, cuya pierna derecha había sido amputada tres meses antes en ese mismo hospital, y con esa pierna ahora ausente, Gallardo empujó el balón. Y fue gol. Y no importó que fuera miércoles, a las dos de la tarde. Ni que hubiese tanto silencio en un estadio caraqueño.

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2 comentarios el “Miércoles, 2 p.m., Jesús Nieves Montero

  1. […] medio de la Eurocopa y de la euforia por la vinotinto, presentamos fragmentos de El fútbol a sol (cortesía de Cuentos celestes)y sombra de Eduardo […]

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